• Ene. 29, 2018, media noche

En los últimos meses al menos tres  jóvenes me han  abordado para comentar acerca de la decisión tomada por ellos, en el sentido de contraer matrimonio. Con cierta timidez y sin pronunciarlo claramente con sus labios, han dejado entrever la necesidad de un consejo, sobre todo de un esposo probado que durante 48 años de matrimonio, ha experimentado inviernos fríos, tormentosos, en los que reinaba la ley del hielo, pero también, ha vivido muchas primaveras cálidas y floridas.  

Estas situaciones son incómodas, ya que, quien tiene una posición claramente definida en este tema, que está enamorado, cuando pide consejo, lo que en realidad busca son palabras que reafirmen la decisión tomada. Por lo que, cuando el “consejero” se aventura a encender luces amarillas, preventivas, señalando que no todo es color de rosa, que el enamoramiento pasa, que las responsabilidades son agobiantes, ellos sin reparo, afirman que ya lo pensaron y tienen las soluciones. Por lo tanto, el recurso que utilizo es transmitir mi propia experiencia.   

Inicié el viaje del matrimonio como todo un gladiador, no me asustaba ni la trascendencia de la decisión ni  la responsabilidad que estaba asumiendo. Tenía respuesta para todos los riesgos que me señalaban que podía enfrentar en el camino, todo lo había contemplado. Lo importante es que estaba enamorado, y este sentimiento rebasaba por mucho cualquier temor o incertidumbre. 

Al iniciar la vida matrimonial, tanto mi esposa como yo, teníamos actitudes de conquistadores, cada quien trataba por una parte  de implantar en el nuevo hogar,  costumbres y hábitos de la familia original, lo que indica que hicimos tienda aparte físicamente, pero emocionalmente continuábamos unidos cada quien a su hogar de origen. Por otra parte, creíamos que la unidad en la pareja pasaba por entregar identidad y espacios particulares. 

Ello condujo a no establecer límites, e ingenuamente actuábamos guiados por la creencia que para ser felices era necesario que primara la concesión como actitud determinante. Pero en el tiempo, la práctica de la complacencia y hacer concesiones a todo lo que la pareja requería, impidió ventilar y evitar que dichas situaciones se convirtieran en problemas posteriores.   

El tiempo tuvo la última palabra, llegó el momento en que la complacencia y la concesión se agotaron y de la concesión pasamos a la confrontación.  Aparecieron las desavenencias, muchas de ellas sin causa aparente; cuando uno de los dos veía que la pareja estaba haciendo o diciendo cosas que violentaban sus espacios o gustos, expresaba su malestar enllavandose, y aplicaba la ley del hielo. En estas circunstancias, la otra parte interrogaba: ¿qué te pasa? ¿Cómo voy a saber lo que te pasa si no hablás? Etc.

Amiga, amigo, aun cuando ya estés decidido a formalizar tu relación de pareja, debo decirte que es necesario estar claros del vínculo afectivo que te une a tu potencial compañero para el resto de tus días: ¿es enamoramiento o amor? El primero es pasajero, el segundo permanece. 

Amiga, amigo, el amor es el principal blindaje que puede asegurar una relación duradera y gratificante. Porque quien ama propone y acepta límites; sabe distinguir entre la importancia de mantenerse unidos, pero sin sacrificar su propia identidad y espacios, sabe perdonar, bendecir a la pareja, quien ama no guarda ni pasa facturas. 

Queremos saber de usted. Le invitamos a escribirnos al correo electrónico crecetdm@gmail.com.