• Ene. 31, 2018, media noche

Hace tres años enfrenté un cáncer de seno y luego de concluir mi tratamiento debo revisarme periódicamente; los primeros dos años era cada tres meses, a partir de ahora y hasta cumplir 5 años debo hacerlo semestral. En agosto del 2015, después de terminar la quimioterapia, el médico hizo énfasis sobre la importancia de no descuidarme con los chequeos médicos, y me dio las estadísticas sobre las posibilidades de que el cáncer regrese en los próximos 5 años. En aquel momento pensé que me había dado más información de lo que yo hubiera querido saber, pero los doctores hablan claro.

Se podrán imaginar lo que ha significado para mí, para mi esposo, mis hijos y mi hermana, cada vez que voy a mis chequeos. He tenido varios sustos, pero hasta la fecha, gracias a Dios no soy parte de las estadísticas. 

Esta semana me toca chequeo y desde el momento que recibí las órdenes médicas para los exámenes, los pensamientos comienzan a agitarse. Sería mentirosa si les dijera que no me ha dado miedo que aparezca algo cada vez que voy. Como todo ser humano racional con una mente propia, las palabras del oncólogo sobre las posibilidades y las propias consecuencias del tratamiento regresan a mi mente. 

Cuando mis hijos eran niños tuvieron legos (los bloquecitos de plástico para construir cosas); no les interesaba mucho jugar con ellos, pero a mí sí me gustaban y cuando podía me aventuraba a armar cosas. En ese juego los bloquecitos se van pegando unos con otros y las posibilidades de lo que se puede construir son enormes. Por ejemplo, cuando construía una casita iba pegando los bloques para armar las paredes; uno encima del otro hasta alcanzar el alto de la pared que quería.  Así funcionan los pensamientos negativos. Comenzamos con un pensamiento y este nos lleva a otro y a otro, y cuando nos damos cuenta lo que tenemos en la mente es una montaña de posibilidades que nos asfixia. Casualmente, el viernes pasado tuve una conversación con una persona que estaba abrumada, de hecho al borde de un ataque de pánico, provocado por sus pensamientos. Si bien tiene algunos asuntos en su vida que hay que resolver, la dimensión de las cosas que  estaba viendo, al desmenuzarlas y ponerlas en perspectiva, no era tan enorme como lo estaba percibiendo. Cuando terminamos de hablar estaba visiblemente más tranquila.

Yo tengo mucha experiencia batallando contra pensamientos negativos; de hecho, una buena parte de mi vida sufrí inmensamente porque en mi cabeza construía montañas que terminaban aplastándome (ataques de pánico, ansiedad extrema, etc.). A veces sentía que por más que respiraba, no me llegaba oxígeno a los pulmones.

En la medida que he venido conociendo a Jesús de una forma práctica, aterrizada e íntima, las armas que utilizo para batallar contra los pensamientos han cambiado. Ya no son pastillas para la ansiedad; es oración, alabanza y gratitud. Los pensamientos negativos que llegan a mi mente los neutralizo con estas armas. El fin de semana tuve un poco de problemas para dormir y sé que es por la víspera del chequeo médico, pero en las madrugadas cuando me despertaba, inmediatamente le decía al Señor: “aquí te dejo mis pensamientos, tómalos en tus manos para poderme dormir”; una noche hasta me puse a cantar en silencio una alabanza que recordé y me quedé dormida. 

Hoy en la mañana, mientras oraba, me salió dos veces este pasaje: “Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti…” Isaías 26:3.

¡Señor Jesús, mensaje recibido!