• Feb. 21, 2018, media noche

El otro día recibí una invitación para dar una conferencia a un grupo de mujeres. Esta iniciativa es parte de un programa de empoderamiento a las mujeres, que un banco en Ecuador está lanzando el próximo 8 de marzo. Es un privilegio para mí tener la oportunidad de compartir mis experiencias como mujer, esposa, madre y profesional. He sido bendecida muchas veces al leer o escuchar a mujeres que comparten sus vidas y sus experiencias por medio de libros, charlas, y enseñanzas, entonces no puedo negarme a hacerlo. 

Cuando era niña, a veces me mandaban a “la venta” cerca de la casa, pero nunca iba sola. Siempre le pedía a mi hermana, que es casi cuatro años menor que yo, que me acompañara, porque era incapaz de hablarle a la señora que atendía. Me daba miedo y pena; supongo que mi timidez revuelta con la inseguridad tampoco ayudaba. La verdad, que la inseguridad ha sido una de mis batallas, pero como en todo, cuando tengo alguna dificultad busco ayuda de donde sea. He leído bastante sobre este tema y una de las cosas que aprendí es que la inseguridad puede tener varias causas, entre ellas están el maltrato, el rechazo, el abandono, el abuso, la inestabilidad económica o familiar, la imagen falsa o poco realista que el mundo ha creado sobre cómo debe verse, y actuar de una mujer, entre otras.

Pero no voy a perder tiempo hablando de la inseguridad, más bien hablemos de tres características de una mujer segura de sí misma: 

Sabe que es amada: y no necesariamente amada por sus padres o por su pareja, sino más bien amada por Dios. Los seres humanos nos van a fallar, pero si nosotros tenemos claridad del amor que Dios nos tiene como sus hijas que somos, siempre nos sentiremos amadas no importa qué pase a nuestro alrededor.

Se niega a vivir con miedo: el temor ha sido uno de mis padecimientos, pero he aprendido a combatirlo con la fe. Dios no nos ha dado un espíritu de temor...(2 Timoteo 1:7). Fe es creerle a Dios y estar convencidos de que Sus promesas son reales y son nuestras.

Evita las comparaciones: para las mujeres es bien difícil no compararse, especialmente en la parte física. Todas tenemos al menos una cosa que no nos gusta de nuestro cuerpo, digo al menos una, porque generalmente son varias... en mi caso yo tenía un trauma con mis orejas (me parecen de Mickey Mouse) y antes del cáncer no me cortaba el pelo muy corto porque me daba pena. Me causaba inseguridad. Cuando estuve en el tratamiento de quimioterapia y perdí todo el pelo, a pesar de haberme comprado una peluca, nunca la usé y decidí usar pañuelos; y cuando el pelo comenzó a salir me quité los pañuelos, con todo y orejas y hasta ahí llegó el trauma. Dios nos hizo a cada una de forma especial; ¿quién soy para cuestionarle su diseño de mis orejas? Para Él soy perfecta.

Hay un pasaje que me encanta en Mateo 14:22-33. Cuando Jesús llama a Pedro que se baje de la barca y camine sobre las aguas hacia Él. Pedro lo hace, pero cuando ve los vientos y las olas (quitando la mirada de Jesús), se sintió inseguro (le dio miedo) y se comenzó a hundir. 

Hace tiempo descubrí que mi seguridad no estaba en mis padres, ni en mi esposo, ni en los bienes materiales, ni en mi trabajo, ni en mí apariencia física; mi seguridad está en Jesús, y la clave es mantener nuestra mirada fija en Él siempre.