• Feb. 26, 2018, media noche

Observando el camino recorrido, desde la atalaya de la séptima década de vida, concluyo que si en la adolescencia, juventud o en la adultez joven, hubiese dispuesto de la sabiduría con la que considero contar en esta etapa de adulto mayor, posiblemente habría evitado un sinnúmero de tropiezos.

Quizá en aquellos años creía que la sabiduría no necesariamente calzaba conmigo, porque la asociaba con dedicación absoluta al estudio, y a la entrega en cuerpo y alma a la instrucción escolar, especialmente a la ciencia. Y debo reconocer que ese no fue mi caso, porque en mi adolescencia y juventud me distinguí por mi entrega al trabajo, más no por ser dedicado al estudio.  

En el transcurso de los setenta años vividos, de forma natural, he ido acumulando conocimientos alimentados por experiencias propias y del entorno, lo que me enseña que la sabiduría se basa en dos pilares: conocimientos y experiencias vividas, por lo tanto, está al alcance de toda persona, ilustrada o no.   

El asunto es que todas las personas, independiente del nivel de escolaridad, capacidad económica, raza, edad, religión, etc. poseen esa cualidad, denominada sabiduría, que les dota de  entendimiento y profundidad en el conocimiento sobre las circunstancias que determinan la existencia, y  proporciona herramientas para discernir y decidir entre lo que conviene y lo que no; entre lo que edifica y lo que destruye. 

Expertos en el tema afirman que actuar con sabiduría implica proceder con prudencia y sensatez, ser generador de soluciones no de problemas y evitar peligros innecesarios. 

La sabiduría  es característica de aquellas personas que observan conductas matizadas de prudencia y sensatez, tanto en los negocios como en el trabajo o en la familia. 

Durante los últimos 20 años, me he enfocado en nutrirme de conocimientos teniendo como principal fuente la Biblia, que abunda en enseñanzas para potenciar sabiduría de lo alto, de Dios, que propicia actitudes y comportamientos para vivir plena y sanamente.

En proverbios, capítulo 4, encontramos una pieza magistral que nos insta a vivir apropiados de sabiduría de lo alto, a no olvidarnos ni apartarnos de ella, porque nos protegerá, nos engrandecerá, nos honrará, y concluye este versículo diciendo: “Adorno de gracia dará a tu cabeza; corona de hermosura te entregará.  Oye, hijo mío, y recibe mis razones, y se te multiplicarán años de vida. Por el camino de la sabiduría te he encaminado, y por veredas derechas te he hecho andar. Cuando andes, no se estrecharán tus pasos,  Y si corres, no tropezarás. Retén el consejo, no lo dejes; guárdalo, porque eso es tu vida”.

Esta sabiduría, que viene de lo alto, se compone de principios que rigen la vida, que nos ayudan a tomar decisiones acertadas, que nos guían para que todas nuestras acciones estén impregnadas de humildad, que nos enseñan a tratar al prójimo, a administrar los recursos, es decir, que dirigen nuestro actuar. 

Amiga o amigo, la sabiduría de la que estamos hablando, que proviene de lo alto, es pacífica, amable, respetuosa, bondadosa, humilde, compasiva, libra de ansiedades, envidias, egoísmo, celos, contiendas, etc… Finalmente esta sabiduría de lo alto, nos conduce a una vida sana, plena, y en armonía, a la que todas las personas debemos aspirar. 

Para mayor información sobre El Taller del Maestro, puede escribirnos al correo electrónico: crecetdm@gmail.com