• Feb. 28, 2018, media noche

El otro día fui con una amiga a tomarnos un café porque ella quería platicar. Andaba bien atribulada por varias cosas que han estado pasando en su vida, y temerosa de tomar algunas decisiones sobre su futuro. Después que me dio un resumen de todo lo que la tenía agobiada, decidí platicarle sobre algunas situaciones que he enfrentado en mi vida que han sido muy parecidas a lo que ella está atravesando. En el transcurso del tiempo me he dado cuenta de lo poderoso que es el testimonio personal, y aunque no es fácil compartir cosas muy íntimas de la vida de uno, cuando se trata de ayudar a alguien todo se vale, al menos así pensamos nosotros (mi esposo y yo).

Una vez que terminé de compartirle mi historia, ella comenzó a enumerar los problemas que estaba teniendo, en el trabajo y en su casa. ¡Ojalá los clavos se pusieran de acuerdo y “no atacaran” todos a las misma vez! ¿Se han fijado que hay momentos en la vida que todo se junta? Problemas matrimoniales, escasez económica, deudas, situaciones con los hijos, toneladas de trabajo, hasta los electrodomésticos deciden descomponerse a la misma vez.

Hay un pasaje en Mateo 17:20 donde Jesús está hablando con sus discípulos, que dice: “Les aseguro que si tienen fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrían decirle a esta montaña: “Trasládate de aquí para allá”, y se trasladaría. Para ustedes nada sería imposible.” Hace tres años cuando estuve en tratamiento de quimioterapia por cáncer de seno, me hospedé en casa de mis primos Martin y Judi. Un día, Martin se apareció con unas semillitas amarillas dentro de una bolsista y me dijo que eran semillas de mostaza; alguien se las había regalado, no recuerdo por qué. Me sorprendió ver el tamaño, nunca imaginé que fueran tan pequeñas. 

Hace un tiempo, mi esposo y yo estábamos pasando por unas situaciones financieras bien difíciles y ambos estábamos agobiados con tanta presión, haciendo cuentas, dándole vuelta a los números del presupuesto familiar, queriendo que el saldo final del flujo de efectivo fuera positivo. La tensión era grande y estábamos discutiendo, sofocados, hasta que uno de los dos dijo “partamos la montaña”. En ese momento nos quedamos viendo e hicimos precisamente eso, partimos los montos que teníamos que pagar y poco a poco fuimos poniendo en perspectiva cada uno y encontrando la solución. No se imaginan el alivio que sentimos después de hacer esto. Hay momentos que por la angustia somos incapaces de pensar con claridad y de tomar las decisiones necesarias para salir de los problemas. 

Después de escuchar a mi amiga, una de las cosas que le dije fue que “partiera la montaña”. Le hablé del granito de mostaza, de confiar en Dios, pero también le hablé de tomar decisiones. Le dije que partir la montaña me había funcionado porque mientras yo no tuviera Fe como el granito de mostaza para decirle a la montaña que se apartara, tenía que partirla. Ahora bien, para tomar buenas decisiones, es esencial que no dependamos de nuestras propias fuerzas y habilidades, sino, que busquemos la sabiduría de Dios, porque la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura, y además pacífica (te da paz), amable, benigna, llena de compasión y de buenos frutos, ecuánime y genuina, Santiago 3.17.

Admiro la Fe que tiene mi esposo, yo le digo que tiene una Fe “cara de tubo”, porque siempre ve más allá de las circunstancias, todo el tiempo está esperando lo mejor; la verdad que cuando las cosas se ponen difíciles soy yo la que meto ruido con mis preocupaciones.  

En este mundo tendremos que enfrentar aflicciones, pero mientras nuestra Fe crece al tamaño del granito de mostaza, no nos angustiemos, partamos la montaña.