• Mar. 7, 2018, media noche

Hoy estábamos almorzando con dos de nuestros hijos y mientras esperábamos la comida, uno de ellos le dijo riéndose a su papá que lo veía más relajado; dijo que mi esposo y yo habíamos andado “sacando chispas”. El otro se sorprendió, y el hermano agregó que recientemente había presenciado algunas discusiones de nosotros. No tenemos el matrimonio perfecto, pero hemos tratado de hacer lo mejor que podemos para llevarnos bien y definitivamente, no discutir frente a los hijos. 

La verdad que nuestro hijo tenía razón, habíamos andado “sacando chispas”, pero cuando trajo el tema a colación, mi esposo rápidamente dijo que ya nos habíamos reconciliado. Hemos tenido unos meses bien tensos por diversos motivos; un duelo, mucho trabajo, muchos viajes míos, estrés en la oficina, en el negocio, a veces algunas situaciones con nuestros hijos, en fin, una acumulación de cosas que lo hacen a uno “perder el norte”, y por supuesto, la relación de pareja es lo primero que se ve afectado. Siempre hay temas que son difíciles de abordar con nuestro cónyuge, pero debemos hacerlo porque si no, uno de los dos explota. Los “pateamos y pateamos” hasta que ya no podemos más. A mí me sucede mucho que cuando tengo necesidad de tocar un tema con él, que sé que es “espinoso” en vez de pedirle que hablemos, no digo nada, entonces reacciono mal cuando estamos platicando de cualquier otra cosa. O “lo regaño”, o como dice él, cambio el tono de voz. Hasta las cosas que usualmente me molestan, pero que por amor he d
ecidido no ponerles mente, me comienzan a sacar de mis casillas. 

Hace unas semanas con el tema “espinoso” atravesado, exploté. Trataba de orar específicamente por el asunto, pero lo hacía de la boca para afuera porque no sentía alivio y al ratito se me cruzaba nuevamente. Me sentía enojada y sofocada, entonces decidí mandarle un mensaje a nuestros guías espirituales diciéndoles: “Nos urge una conversación con ustedes hoy. No andamos bien”. Por la noche después de cena, nos comunicamos por Facetime con ellos; ambos abrimos nuestro corazón y sacamos todo lo que andábamos cargando. No se pueden imaginar lo liberador que fue para los dos hacerlo; ellos nos escucharon, aconsejaron y oraron por nosotros; nos llevaron al perdón. Al día siguiente en nuestra oración de la mañana, nos pedimos perdón otra vez y a partir de ese momento, “bajamos los cañones” y se redujo la tensión entre nosotros. El ambiente en la casa cambió y nuestro hijo lo notó inmediatamente.

En la columna de hace un par de semanas, hablaba que el matrimonio es como una plantita que debe ser cuidada, regada, abonada, etc. Las relaciones en general no son fáciles, mucho menos las de pareja; compartir la vida con alguien puede ser complejo porque todos tenemos nuestros defectos, los cuales se acentúan cuando las presiones y problemas se activan.

Las lecciones aprendidas nuevamente son:

No hay que dejar que se acumulen las cosas; debemos abordarlas inmediatamente, de lo contrario se nos saldrán actitudes y palabras que hieren a nuestra pareja.

En toda relación matrimonial hay asuntos “espinosos” que nos cuesta poner sobre la mesa. Si no podemos hacerlo solos, busquemos ayuda de guías espirituales, consejeros, o personas maduras, crecidas en la fe y sensatas. Esposas, no busquen a la “amiga” que les calentará la cabeza echando más leña al fuego; esposos no salgan corriendo con sus amigos para evadir la situación.

El perdón es la clave de todo. Si nos herimos, pidamos perdón y no guardemos resentimientos. Hay que mantener “las cuentas por cobrar” en cero.

Hay un pasaje que nos gusta mucho que dice: “Enójense, pero no pequen; reconcíliense antes de que el sol se ponga...” Efesios 4:26

No carguemos cosas en el corazón que nos causen enojo y resentimiento; aprendamos a conversar sobre los temas “espinosos” y mientras no podamos hacerlo solos, busquemos ayuda.