• Mar. 12, 2018, media noche

Desde siempre las relaciones interpersonales y la convivencia pacífica han sido y continúan siendo amenazadas por una actitud, generalmente negativa, que propicia la discriminación aparejada de  acciones hostiles que producen enemistades y separan a las personas. 

Esta actitud es el prejuicio.

El prejuicio resulta de un proceso mental, por lo general, inconsciente, que se construye a partir de concepciones previas, murmuraciones o rumores sin la debida evidencia que demuestre si son verdaderos o falsos. En este sentido, el prejuicio es la acción y efecto de prejuzgar. 

Existe una tendencia a construir estereotipos (características comunes que identifican a un grupo de personas) sobre la base de prejuicios negativos, lo que significa que en el plano moral no son justos, en el tanto, los prejuicios se levantan sin contar con evidencia que demuestre la veracidad de los mismos. De igual manera, en el plano espiritual, particularmente desde la óptica del cristianismo, el prejuicio es contrario a la ética del amor, la paz, la bondad, la mansedumbre que propugna esta doctrina. Asimismo, el prejuicio es lo opuesto al cristianismo, porque tiende a desembocar en discriminación, y  la discriminación representa una conducta injusta y odiosa que pretende negar a personas, cualidades o derechos. 

Existen diversas formas de discriminación, atendiendo a raza, sexo, condiciones económicas, o creencias religiosas, entre otros aspectos. 

Una manifestación clara de prejuicio y discriminación la encontramos en la Biblia Juan 1:46, cuando el apóstol Felipe le dice a Natanael que han encontrado al Mesías, Jesús de Nazaret, Natanael a partir de prejuicios aprehendidos sobre los habitantes de Nazaret, responde: “¿puede algo bueno salir de Nazaret?”

Esto se repite en la vida cotidiana, cuando alguien dice: los de la religión “equis” son idólatras, o los de la religión “ye” son rebeldes, a Dios o los que tienen dinero son explotadores, o no tienen escrúpulos; o los que no tienen dinero es porque son haraganes y vagos. 

Por lo general, quienes funcionan a base de prejuicios y practican la discriminación, son personas o grupos con ínfulas de grandeza, con complejos de superioridad, juzgan y hablan mal del prójimo, destilan soberbia. 

Jesucristo, por el contrario, resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. 

Sus seguidores están llamados a la humildad, por tanto no actúan influenciados por prejuicios, no juzgan al prójimo, no discriminan, no agreden, no son soberbios. El principal mandato que se proponen cumplir es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y al prójimo como a sí mismo.

Jesús toca el corazón de toda persona, sin distingos de raza, de sexo, de capacidad económica, ni de creencias religiosas. Simplemente dice que todo aquel o aquella que abre su corazón para que él entre, y le acepte como su Señor, será salvo.

Amiga, amigo, Dios no hace excepción de personas.

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