• Mar. 14, 2018, media noche

La semana pasada estuve en Panamá y me hospedé en un hotel nuevo. Cuando tomé el elevador para subir a mi habitación en el doceavo piso, apreté el botón, se cerraron las puertas, pero en ese momento me distraje respondiendo un correo. Cuando terminé de escribir el mensaje, pensé: qué tonta, se me olvidó apretar el botón para subir a mi habitación (ya me ha sucedido varias veces), pero cuando iba a poner el número 12 me fijé en los numeritos que están arriba de las puertas y vi que iban pasando los pisos; el elevador iba avanzando y no hacía ningún ruido ni se sentía movimiento alguno. Cuando se abrieron las puertas, salí para buscar mi habitación y recordé lo que me había sucedido hace un tiempo en un hotel en Miami. Esa vez tomé uno de los elevadores para subir al octavo piso y cuál es mi susto que cuando va subiendo comienzo a escuchar unos ruidos fuertes, a sentir unos temblores y unas vibraciones que me hicieron pensar que el elevador se caería antes de llegar a mi destino. Qué experiencia tan fea, los ocho pisos se me hicieron eternos, de hecho era tanto el nervio que ni se me ocurrió apretar algún botón para bajarme antes. 

Esta experiencia me hizo reflexionar sobre lo que nos sucede cuando estamos en tiempos de espera. ¿A qué me refiero con esto? Bueno, todos en algún momento de nuestra vida hemos pasado por situaciones donde requerimos esperar por algo, por ejemplo: un embarazo, un diagnóstico médico, un trabajo, una pareja, el retorno de un hijo descarriado, etc. Quiero compartirles una experiencia donde me di cuenta que nuestra actitud en el tiempo de espera hace la diferencia, entre “subir al elevador ruidoso o al silencioso”.

Hace tres años pasé por un cáncer de seno. Si bien el estudio de imágenes indicaba que había algo maligno, para confirmar debían hacerme una biopsia. Esa espera duró seis días, que se me hicieron como veinte. Después de la cirugía había que hacer una biopsia más profunda de los tejidos para determinar el tipo de cáncer y saber si se había pasado a los ganglios; esta espera fue de diez días. Antes de obtener los resultados me aconsejaron pedir una segunda opinión de parte de una patóloga especialista en mamas, entonces, el día que estuvieron listos, mi esposo los fue a retirar y sin abrir el sobre llevó las muestras a la patóloga. Tuvimos que esperar siete días más. Si bien a estas alturas ya sabíamos que era cáncer, era muy importante ese otro resultado para determinar el nivel de agresividad y así conocer el tipo de tratamiento al cual me sometería. Los días parecían tener setenta y dos horas y la gente llamando para preguntar. ¿Se pueden imaginar esa espera? Desde que recibimos el diagnóstico, mi esposo y yo decidimos confiar en Dios, sabiendo que Él estaba en control y que todo era para bien, de tal manera que durante los tiempos de espera tuvimos paz y fortaleza, hasta sentido del humor en algunas ocasiones. “Subimos al elevador silencioso”.

Nosotros hemos experimentado muchas situaciones difíciles en nuestra vida, pero cada vez, a pesar de los tiempos de espera y aunque a veces nos desesperemos, Dios nunca ha llegado tarde. 

Hay una canción del grupo Elevation Worship que se llama “Do it Again” (Lo harás otra vez), les dejo uno de sus versos:  
“Yo sé que Tú, mueves montañas.

Yo creo en Ti, sé que lo harás otra vez.
Abriste el mar, en el desierto.
Yo creo en Ti, sé que lo harás otra vez”.

El Salmo 130:6 dice: “Yo te espero, Señor, con toda el alma, como esperan los centinelas en la mañana, como esperan los vigilantes el nuevo día”.