• Mar. 21, 2018, media noche

Este sábado nos pusimos a ordenar el estudio de nuestra casa. Le llamamos “Cuarto de Guerra”; en ese lugar oramos, estudiamos, escribo, o simplemente “estamos”. Está lleno de libros y de biblias, de fotos muy especiales para nuestra familia. En uno de los libreros teníamos trofeos y medallas de torneos de tenis, competencias de ciclismo, torneos de futbol y competencias de talento musical.  Cada trofeo y cada medalla tiene un relato; una historia de esfuerzo, perseverancia, de carácter, no solo de nuestros hijos, sino también de mi esposo y mía.

Si bien hemos cometido errores en la crianza de nuestros hijos, también hemos hecho cosas buenas de las cuales cada día vemos los frutos. Estar presentes en los torneos deportivos y competencias de talento musical de ellos, nos permitió no solo disfrutar de sus logros, sino también enseñarles muchas cosas que hay que aprender sobre la competencia. Podemos compartir innumerables lecciones de la participación de ellos en esas actividades que les enseñaron a convivir y a respetar a los demás, a ser valientes, a esforzarse y a no darse por vencidos.

Los papás tenemos un rol clave en todo esto, y podemos cometer muchos errores provocados por nuestro amor a ellos y nuestro orgullo de padres. Recuerdo cuando nuestro hijo Andrés, antes de dedicarse al futbol, jugó tenis por un tiempo. Cuando íbamos a sus torneos, para mí era un martirio; realmente era una prueba de paciencia y de tolerancia. Es entendible y totalmente permitido hacerle barra a tu hijo, pero una cosa es animarlos y otra es decirle barbaridades al contrincante. No puedo decirles cuántas veces quise agarrar a raquetazos a la mamá del niño que estaba jugando con mi hijo. O cuánto nos afectaba ver a un papá que presionaba a su hijo para que ganara, más allá de lo normal, con palabras soeces y agresividad. Una vez, mi mamá nos hizo el favor de llevar a Sebastián, nuestro menor, a un juego de futbol; Sebastián tendría nueve años tal vez. En la tarde que la vimos nos contó cómo había presenciado el “show” que le hizo un papá a su hijo porque no estaba jugando muy bien; le gritó e insultó, a tal punt
o que mi mamá que era una mujer muy suave y controlada se enojó y le dijo cuatro cosas para que se calmara. 

Mi deporte ha sido el tenis hasta que me operaron de cáncer de seno hace tres años, y varias veces gané juegos porque mi contrincante cometió errores, no necesariamente porque yo había jugado bien; en otras ocasiones, a pesar de haber perdido, me sentí satisfecha porque me había esforzado más allá de lo que mi mente creía que podía hacer, y eso me llenaba más que ganar a costa de los errores del otro. Los seres humanos, unos más que otros, tendemos a ser bien competitivos; nos comparamos con otras personas y siempre queremos ser el mejor. Queremos ganar todo el tiempo, sobre todo si implica recibir algo a cambio.

Desde que nuestros hijos mostraron interés en jugar algún deporte les inculcamos la importancia de la disciplina, el trabajo de equipo, la cortesía, la honestidad, el control de las emociones, la perseverancia, pero sobre todo, la humildad. Siempre les dijimos que lo más importante no era ganar, sino, hacer el mejor esfuerzo. Hemos celebrado sus victorias con mucha satisfacción, pero también hemos celebrado sus derrotas al ver su pasión y esmero, y sobre todo cuando lo vuelven a intentar y no se dan por vencidos.

Hay dos principios que han sido parte integral de la formación de nuestros hijos y hoy queremos compartirlos con ustedes:

1 “Y todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no como para la gente…..” Colosenses 3:23

2“Así que no nos cansemos de hacer el bien. A su tiempo cosecharemos numerosas bendiciones si no nos damos por vencidos”. Gálatas 6:9