• Mar. 26, 2018, media noche

En estos días el cristianismo conmemora la muerte y resurrección de Jesucristo. Acontecimiento que pone de relieve lo más sublime que se puede proporcionar, que es: amor incondicional por el prójimo.

Jesús es sometido por sus verdugos a una brutal y despiadada agresión verbal, sicológica y física, agresión que es descrita en los evangelios contenidos en la Biblia, así como en diversidad de libros y películas. 

Jesús viene al mundo con un propósito bien claro, tal es, anunciar la llegada del reino de los cielos a esta tierra, reino que es amor, alegría, paz, justicia, llamando a la humanidad a librarse del reino de las tinieblas que es odio, contiendas, angustias, injusticias, adicciones, violencia. 

El martirio y la muerte en la cruz, situaciones a las que es sometido Jesús, tienen como causales, por una parte el celo religioso de escribas, fariseos y doctores de la ley, que perdían liderazgo ante él,  por otra; por el celo del imperio romano, que debía impedir el surgimiento de cualquier movimiento que pusiera en peligro el poder de Roma.

Sin embargo, a Jesús le era indiferente el poder terrenal, por eso decía, mi reino no es de este mundo. Nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de tinieblas (Efesios 6:12). Es decir, que la lucha no es con ejércitos, sino con el Espíritu Santo.

Jesús lo que hacía y hace es proporcionar enseñanzas con el propósito de inducir a la renovación de creencias y la transformación de comportamientos personales. Quienes se disponen a aceptarle y someterse a ese cambio, obtienen como resultado el disfrute de una vida nueva, plena, de calidad, que es la perfecta y agradable voluntad de Dios para la vida de todos y cada uno de nosotros.

Ese Jesús que fue víctima del odio religioso y político de la época, era un hombre humilde, capaz de llorar ante el dolor de quienes amaba, como lo hizo en la tumba de Lázaro; que era capaz de mantener la paz, incluso conciliar el sueño, en medio de las dificultades y peligros, como sucedió en el lago de Galilea, cuando se agitaron los vientos y las aguas. Él nos enseña que no debemos ser esclavos de las circunstancias, que debemos y podemos administrar las emociones, lo cual se logra cuando estamos apropiados del fruto de su santo espíritu (Gálatas 5:22-23).     

Jesús enseñaba con el ejemplo, el amor incondicional por la humanidad lo llevó a soportar el dolor físico producido por la corona de espinas incrustadas en su cráneo, la espalda lacerada como resultado de los latigazos, rostro, brazos y piernas con heridas y hematomas por la golpiza recibida. 

Su amor por la humanidad era de tal magnitud, que en los momentos de mayor dolor en la cruz lo que hizo fue interceder ante su padre por sus verdugos, pronunciando aquellas incomparables palabras: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Por amor, Jesús perdonó a personas indignas de ser perdonadas. Perdonar no es fácil, pero él nos enseña que cuando se comprende que quienes te ofenden o te agreden, lo hacen porque son prisioneros de inseguridades, infelicidad, baja autoestima y odio. Entonces, perdonar se torna natural, así como lo hizo Jesús en sus últimos momentos de existencia física en esta tierra, sufriendo un dolor intenso quizá pocas veces igualado.

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