• Mar. 27, 2018, 7:27 p.m.

Este fin de semana me sucedieron dos cosas que me inspiraron el tema de la columna. El domingo fui a una tienda a buscar unas blusas y unos pantalones. Mientras recorría la tienda buscando algo que me gustara y que tuviera buen precio, comencé a recopilar algunas blusas talla M para llevarlas al probador. En lo que estaba en ese proceso, una de las muchachas que atiende se me acercó para ofrecerme ayuda. Cuando vio que había escogido talla M me dijo, esas le quedarán grande, mejor lleve S. La quedé viendo y  le dije no creo, pero bueno accedí por la insistencia y llevé ambas tallas. Cuando llegué al probador comencé con las talla S y todas me quedaron perfectas; me reí sola pensando que esto me pasa a menudo, creo que estoy más grande de lo que soy. 

Mi esposo regresó al ciclismo hace pocos meses después de casi tres años de ausencia. En ese tiempo ganó unas cuantas libras (bueno, más que unas cuantas….) y perdió condición. Nuestros hijos lo motivaban para que regresara al ciclismo, deporte que tanto disfruta. La semana pasada me contó que este domingo había una competencia en una pista de bicicleta de montaña.

Me enseñó fotos del sitio y me platicó sobre la distancia y complejidad del recorrido; lo quedé viendo con “cara de regaño” y le pregunté: —¡ajá y ¿vas a participar? Dijo que no.

El sábado por la mañana me dijo que iba a hacer un mandado y de paso a inscribirse  “para apoyar” la carrera, pero que no iba a participar. Más tardecito, yo estaba con nuestro hijo Alejandro en la terraza platicando y me preguntó que dónde estaba su papá; le conté lo que andaba haciendo y le dije, acordate de mí, va a participar en la carrera. Nos reímos y seguimos en la tertulia; cuando entró a la casa pasó directo a la terraza con una sonrisa nerviosa a decirnos, “voy a  participar”... Alejandro se tiró la carcajada sorprendido por lo que yo le acababa de decir (es que lo conozco como a la palma de mi mano). Les cuento este parche porque yo no quería que participara.

No me deja de dar miedo que haga algo que tal vez es demasiado desafiante para su edad (“solo” tiene 53 años, pero los reflejos no son iguales y los huesos no pegan tan fácil). Nos dio cuarenta mil explicaciones del porqué lo estaba haciendo. De hecho nos comentó que su entrenador le dijo que sabía que tenía la capacidad para hacer el recorrido, de lo contrario le hubiera dicho que no lo hiciera. En honor a la verdad, cuando me dijo que no iba a participar, se enfocó en las “limitaciones” que según su raciocinio tenía y no me dijo ni una fortaleza, que en otras ocasiones me ha mencionado. ¡No solo participó y terminó la carrera, también nos trajo una medalla!

Entonces, me pregunto: 

¿Cuántas veces nos enfocamos en nuestras debilidades y dejamos de hacer cosas por temor a no poder?

¿Cuántas veces perdemos tiempo “patinando” en nuestros defectos físicos o de temperamento, en vez de sacar ventaja de nuestras virtudes? Cuando nuestra autoimagen es negativa o errónea, se proyecta igual ante los demás.

¿Cuántos propósitos de vida no se cumplen por no dar los pasos, por pensar que no tenemos la capacidad o el tiempo, o creer que no tenemos los recursos?

Lo que vemos con nuestros ojos a veces no es la realidad y toca que otras personas nos confronten y nos muestren lo contrario.

Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Él no hace las cosas a medias, cada milímetro de nuestro ser fue perfectamente pensado por nuestro Creador.

“Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de  nuevo en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para nosotros tiempo atrás”.  Efesios 2:10