• Abr. 18, 2018, media noche

Cuando nuestros hijos eran niños, cada vez que hacíamos un viaje en carro fuera de la ciudad la primera pregunta era ¿cuántas horas para llegar? y en el trayecto iban preguntando cada vez y cuando, ¿cuánto falta? Durante el viaje y dependiendo de qué tan lejos era el destino, por más que les decíamos que disfrutaran el paisaje, teníamos que lidiar con aburrimiento, peleas, cuestionamientos y reclamos, pues no siempre lográbamos que se durmieran. Les cuento esto porque quería hacer una analogía con lo que nos pasa cuando nos toca enfrentar una situación difícil; ya sea económica, legal, reputacional, un diagnóstico de salud, problemas con un hijo, el embarazo que no se ha logrado, etc.

Para los que consideramos a Dios nuestro Padre, generalmente, lo primero que hacemos es lo que hacían nuestros hijos: reclamar, cuestionar y dependiendo del tiempo que se tome la circunstancia en mejorarse, nos vamos a enojar, a aburrir y vamos a patalear. Yo tengo mucho de qué hablar respecto a esto, porque antes de enfrentar un cáncer de seno hace tres años, lo primero que yo hacía en una situación difícil era llenarme de ansiedad y de impaciencia; esperaba que Dios “tronara los dedos” y solucionara de una vez lo que me estaba pasando. Hice esto por años y por supuesto que no funcionó. No entendía que muchas veces Dios va a permitir que sucedan cosas negativas en nuestras vidas para enseñarnos una lección, para hacer que nuestra fe crezca, para glorificar su nombre, para demostrar su poder, o para todo lo anterior. Que conste, que hay muchas situaciones que nos suceden por malas actuaciones de nosotros mismos y si bien Dios nos va a apoyar, no podemos dejar de tener nuestro escarmiento para aprender la lecc
ión.

Cuando estamos sufriendo es fácil sentir que Dios está lejos, callado, escondido; que no nos está cuidando como debería, de hecho juzgamos la forma en que Él maneja nuestra situación. Hasta cuestionamos el amor que nos tiene. Mientras estemos en este mundo vamos a enfrentar dificultades, y dependiendo de cómo las manejemos, las consecuencias en nosotros serán positivas o negativas. 

La única manera de no salir física, emocional y espiritualmente derrotado de una circunstancia difícil, es manteniendo la mirada fija en Jesús. Cuando fui diagnosticada, mi esposo y yo decidimos enfrentar la enfermedad con la mirada puesta en Él, como cuando Pedro se bajó de la barca y comenzó a caminar sobre las aguas hacia Jesús; mientras Pedro lo miraba continuaba caminando, el minuto que apartó la mirada, se hundió. 

Durante esa experiencia, aprendimos que cuando pasamos por momentos difíciles y decidimos enfrentarlos mirando a Jesús, nuestros ojos y oídos espirituales se abren, y es en esos momentos que podemos experimentar de primera mano lo que significa el abrazo de Dios. Lejos de pedirle que nos hiciera salir rápido de esa prueba tan difícil, decidimos más bien atesorar lo que Él nos mostraba cada día: amor, sanidad, descanso, paz, energías, esperanza, provisión, etc. Escribí un libro de esa experiencia donde traté de describir los regalos que recibimos del cielo, por medio del Espíritu Santo. Pueden decirme loca, pero el cáncer para nosotros fue una bendición. Sí sufrimos, sí hubieron consecuencias, pero el resultado final fue positivo. 

El otro día les decíamos a unos amigos que están atravesando por un momento difícil, debido a una acusación injusta, que abran sus ojos y oídos espirituales y escriban los mensajes que Dios les irá enviando mientras estén en el proceso. Lo espectacular de enfrentar problemas con la mirada fija en Él, es que se encarga de demostrarnos palpablemente que no está lejos, que no está escondido, que no está callado y que sí tiene el control del tiempo, del espacio y de las soluciones. Me encanta el pasaje en Lamentaciones 3:25 que dice así: “Es bueno el Señor con quienes le buscan, con quienes en Él esperan”.

Fijemos la mirada en Jesús, esperemos con paciencia, aceptemos el proceso y atesoremos los regalos que vamos a recibir en el camino.