• Abr. 18, 2018, media noche

Estimado lector, Sam Walton nos decía que la lección más importante que él había aprendido era, que uno puede aprender de todo y de todos y no solo de los libros que usted lee, aunque espero que me acompañe a la presentación de “Principios gerenciales” y lo lea. Además, recientemente leí un artículo publicado por la HBR que nos dice que debemos ser muy selectivos en nuestras relaciones y con las situaciones o reuniones a las que asistimos, y que solo debemos conservar y desarrollar aquellas que nos benefician en el buen sentido de la palabra.  Por otro lado, siempre les he dicho a mis hijos y nietos, lo mismo que a los jóvenes con los que converso, que el día que nada se aprende, no valió la pena haberlo vivido.

Siguiendo esta filosofía de vida, siempre que converso con familiares o amigos o asisto a alguna reunión, me transformo en una “esponja” y me convierto en el mejor alumno para ser el que más aprenda de esa situación.  Me gusta ser como mi nieto Noel Ernesto, que está en maternal y todas sus maestras dicen que, “Noelito es una esponja”.

Por eso, en esta oportunidad deseo compartir con usted dos ejemplos de lo que le digo:

Primera anécdota. En estos días asistí como invitado por uno de los accionistas a la asamblea anual de uno de los bancos más grandes y mejor manejados del país.  Escuché muy atento las palabras del presidente del grupo y la presentación del director ejecutivo del banco y luego conversé más detalladamente con algunos funcionarios del mismo y aprendí lo siguiente:

Que la estrategia que nos presentaron muy detalladamente, hace algunos períodos, se está impulsando consistente y adecuadamente.

Que las utilidades que dependen de tres variables: el retorno sobre los activos, el palanqueo y el volumen, fueron mayores en dólares que las del período anterior.

Que el retorno sobre los activos (roa) fue superior al del período anterior.

Y que el retorno sobre el capital invertido, aunque es excelente y superior al del promedio de la industria bancaria, fue inferior al del período anterior.

Con esa información básica procedí a tratar de comprender qué había ocurrido, para ver qué lecciones podía aprender de esa reunión.

Y lo que aprendí o reconfirmé con este “caso vivo”, que es lo mismo que aprender, fue lo siguiente:

Que el crecimiento de los activos totales fue menor que el del período anterior, pero que la composición de los mismos fue superior, ya que a pesar de ese menor crecimiento global, la cartera de préstamos presentó un crecimiento compatible con el crecimiento nominal de la economía nacional, lo cual es lo adecuado en mercados financieros desarrollados.  Sin embargo, en economías como las nuestras, muchas veces es posible crecer sanamente a tasas superiores al crecimiento de la economía, incorporando al sistema bancario crediticio a otros sectores, pero siempre respetando el principio de conceder crédito solo a “sujetos de crédito”, para no generar un problema con la mora, lo cual sería contraproducente y ese crecimiento no sería rentable y por lo tanto, en lugar de crear valor para los accionistas, se los estaría destruyendo.  Y por eso fue que el rendimiento sobre los activos creció y el banco fue más eficiente en la administración de sus recursos.

Pero como dijimos, la rentabilidad sobre la inversión, a pesar de ser muy buena y superior al promedio de la industria bancaria, fue menor que en el período anterior.  Para analizar esta parte de la ecuación y formarme un criterio al respecto, recordé la fórmula ya mencionada que nos indica que el retorno sobre el capital invertido es igual al retorno sobre los activos (nivel de eficiencia) multiplicado por el palanqueo (nivel de riesgo).  En este caso, si el palanqueo se hubiese mantenido constante, los accionistas hubieran recibido un cinco o diez por ciento más de utilidades.  Pero deseo enfatizar “teóricamente”, ya que al incrementarse el nivel de reservas requeridas y voluntarias, se estaba reduciendo el nivel de riesgo.  Posiblemente algunos de los accionistas hubieran preferido el cinco o diez por ciento más de utilidades; sin embargo, otros estarían más tranquilos con estos resultados.  Yo sin ser accionista, pero siempre preocupado por la estabilidad monetaria de la economía nacional y la solidez del sistema bancario, me inclino por el segundo grupo de accionistas.  Y si desea familiarizarse más con este tipo de situaciones y análisis, le recomiendo leer el libro “Bank management: text and cases”, escrito por los profesores Hempel y Simonson.

La otra cosa importante que escuché en esa reunión fue la declaración del presidente del grupo, en el sentido que no estaba pensando vender la operación, y ello me trae a la segunda anécdota.

Segunda anécdota. En una de nuestras últimas visitas a San José, de Costa Rica, para ver cómo crecen mis nietos, Inelia y yo fuimos a cenar con el doctor Nicolás Marín y con Ligia, y con un matrimonio muy querido, de la América del Sur.  Este matrimonio había estado vinculado a la compra del “BBVA-Chile”, por parte “Scotianbank”, donde este último pagó más de US$2,200 millones por el 68 por ciento de las acciones, incluyendo un buen “premio”, pero donde la familia Said, dueña del 25 por ciento, decidió no vender su participación, a pesar del “premio”, para “no deshacerse de una inversión estratégica y porque luego no sabrían dónde invertir correctamente los recursos líquidos que recibirían producto de la venta”.  Creo que esta familia actuó sabiamente, ya que en estos casos, “nublados por el premio”, se cometen grandes errores.  La lección aprendida en esa cena fue excelente y la comida peruana y la compañía fueron de primera.  Nunca pierda la oportunidad de aprender algo nuevo.  

nramirezs50@hotmail.com