• Abr. 25, 2018, media noche

Esta semana ha sido como pocas en mi vida; días llenos de incertidumbre, de temor, de revivir momentos vividos en mi niñez y adolescencia. Hemos peleado con la ira, y el rencor ha querido tocar la puerta de nuestros corazones otra vez, pero no debemos dejarlo entrar. Qué terrible es luchar contra uno mismo, reprimirse, sentir una gran impotencia al no saber qué hacer, cómo ayudar… el sábado no aguanté y en mi oración de la mañana no pude más que llorar como una niña reposando en los brazos de mi Padre Celestial; era necesario hacerlo.

Pero no quiero escribir más palabras sobre los acontecimientos trágicos de los últimos días, más bien quiero hacer algunas reflexiones dirigidas a esos jóvenes que tienen ilusiones, sueños, propósitos, energías y deseos de cambiar el mundo. El otro día revisando la página de FB de El Poder del Amor me llamó la atención, por las caritas de las fotos, que la mayoría de los seguidores son jóvenes, casi 20,000 ya; entonces, esto es para ustedes.

Hace un tiempo mi esposo le regaló a nuestro hijo Sebastián un libro que se llama “Corazón de campeón”, escrito por Juan Vereecken. No sé cuántas veces lo ha leído, creo que es un libro de referencia para él que de cuando en cuando repasa. El libro está basado principalmente en la historia de David, aquel que de una pedrada mató a Goliat, el gigante. 

¿Pero qué fue lo que hizo que David, un pastor de ovejas, se convirtiera en un líder? David era un hombre conforme al corazón de Dios: lleno de amor, obediente. La historia de este joven está vigente; los retos son los mismos en la vida de todo joven de hoy, lo que pareciera que ha perdido vigencia en estos tiempos, es la obediencia. Vereecken dedica unas cuantas páginas al Principio de la obediencia, relacionadas al plan que Dios tenía para la vida de David, destacando algunas actitudes que tuvo durante su vida que lo llevaron de ser pastor de ovejas a ser rey:

1.    David cultivó una relación personal con Dios. Me lo puedo imaginar caminando en los campos verdes pastoreando y protegiendo a sus ovejas, y en paralelo platicando con Él, contándole sus problemas, compartiendo sus inquietudes, escuchando su voz y recibiendo dirección para su vida.

2.    Perseveró, a pesar de las dificultades, del abandono de sus padres, de los peligros a los cuales se enfrentó, hasta de sus limitaciones físicas. 

3.    Tuvo un comportamiento prudente. No actuó gobernado por las emociones, al contrario, esperó los tiempos de Dios para que se fuera cumpliendo el propósito; a veces le tocó quedarse quieto, otras le tocó actuar, pero nunca perdió de vista la dirección de Dios. 

4.    Fue fiel en lo ajeno. Cuidó los bienes de su jefe y lo cuidó a él a pesar de que este intentó matarlo varias veces. 

5.    Tuvo una valentía y un atrevimiento fuera de lo normal, porque sabía quién estaba detrás de él y quien lo había mandado a cumplir la misión. Si David se hubiera enfocado en sus debilidades, en vez de obedecerle a Dios y llevar a cabo su propósito, de entradita al ver a Goliat hubiera salido corriendo. Sin embargo, dio el paso en el momento preciso, con la bendición y el respaldo de su Padre Celestial.

David, ante los ojos de muchos, era un joven insignificante, hasta físicamente lucía frágil, pero él estaba claro que en sus fuerzas no iba a derribar al gigante; fue contundente cuando se le paró en frente a Goliat y le dijo: “Tú vienes contra mí armado de espada, lanza y jabalina; pero yo vengo contra ti en el nombre del Señor de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado”. 1 Samuel 17:45.

¡No quiero cerrar esta columna sin antes rendir tributo a esos jóvenes valientes que perdieron sus vidas esta semana, queriendo construir y no destruir; jóvenes con corazones de campeón!