• Mayo 7, 2018, media noche

En las últimas semanas nuestro país ha sido escenario de reclamos y protestas completamente legítimas, en tanto derecho inalienable de toda la ciudadanía, sin embargo, dichas protestas legítimas se han visto empañadas por lamentables actos de violencia que han representado: pérdida de vidas valiosas, destrucción de propiedad privada y pública, daños severos a la salud sicológica de la población, principalmente a la niñez, afectaciones a la economía nacional y familiar, reversión de la imagen de paz y seguridad que se ha venido construyendo durante los últimos 28 años, etc.

El impacto negativo de esos acontecimientos de violencia son incalculables, por lo que, es imperativo que se ponga freno a la violencia, que esas conductas propias de épocas pasadas nunca más se instalen en el país. Es posible porque la inmensa mayoría de nicaragüenses hemos optado por abrazar una cultura de paz y armonía desde inicios de los años 90.

Sabemos que el espíritu de violencia se esconde en el corazón de algunas personas y siempre estará en la búsqueda del momento propicio para activarse, pero  la mayoría que hemos aceptado a Jesús como Señor y Salvador, estamos persuadidos que el tiempo de matar, destruir, llorar, lamentarse ya es historia en Nicaragua; por el contrario, estamos en el tiempo de proteger la vida, edificar, reír y gozarnos; porque esa es la promesa de Dios para nuestro país.

Los nicaragüenses debemos agarrarnos de esa promesa y marchar hacia la tierra de bendición que él nos ofrece. Para comenzar, el Señor nos ha liberado de los grilletes que nos mantenían esclavizados a la violencia generalizada, la guerra entre hermanos, la división de la familia, la escasez y penurias económicas. Son casi 3 décadas de haber iniciado el tránsito de la violencia a la paz, aun caminamos por el desierto, que encierra amenazas y peligros, que si las vemos en la dimensión humana pueden inducirnos a rendirnos y a regresar a la esclavitud de la violencia, pero si lo hacemos en la dimensión espiritual y nos aferramos a la promesa lograremos la liberación total en paz y prosperidad. 

Nos unimos a las voces de la mayoría de nicaragüenses que llaman a la concordia, que estamos convencidos que la justicia verdadera se encuentra en el diálogo, el respeto, la reconciliación y el perdón y, por lo tanto, urgimos a los diferentes actores a iniciar un diálogo en el que prive la humildad para disponer de la sabiduría necesaria y alcanzar acuerdos que transformen la actual crisis en oportunidades para que nuestro país avance por el cauce adecuado y así fortalecer el bienestar de toda la sociedad. 

Esa sabiduría sustentada en la humildad que debiera prevalecer en ese diálogo, debe tener a Jesús como modelo de comportamiento, mediante el cual es posible: escuchar y hablar con libertad; no creerse dueño de la verdad absoluta y pretender imponer puntos de vista; ser tolerantes y respetuosos; que estimule a la ciudadanía a poner su grano de arena para que retorne la estabilidad y paso a paso, avanzar hacia una mejor calidad de vida de la población en general, que debiera ser la principal ganadora en este diálogo.  
  
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