• Mayo 9, 2018, media noche

Cuando nuestro hijo mayor cumplió 16 años nos dijo que quería sacar su licencia. A esa edad ya había andado aprendiendo a conducir con su papá; a veces el domingo después de almorzar, nos íbamos todos a recorrer las calles de Santo Domingo para que practicara cuando no había mucho tráfico. Le dijimos que primero tenía que tomar el curso de manejo. Cuando terminó el curso, lo llevaron a la Policía a tomar los exámenes, primero el teórico y después el práctico. El primero lo pasó con un puntaje alto, en el segundo lo aplazaron, porque lo llevaron a una calle con un cruce que tenía un truco al momento de doblar. Llegó a la casa enojadísimo. Tenía que esperar dos meses para poder tomarlo nuevamente. En su frustración nos dijo: ¿Por qué no le pagan a un policía para que me la saque? todos mis amigos así la han sacado. Casi al unísono mi esposo y yo le dijimos que no. Su respuesta fue, si todo el mundo lo hace, ¿cuál es el problema? Recuerdo que le dije, el hecho que todo el mundo lo haga no lo hace correcto. ¡Fin 
de la conversación!

Cuando me entrenaron para ser Ejecutivo de Crédito de un banco, lo primero que me enseñaron fue las 5 “C” de Crédito, donde una de ellas es carácter, en este caso referido a las cualidades e historial de honorabilidad y solvencia moral de una persona. De las cinco ¨C¨, es la más importante. Aprendí sobre la honorabilidad de una persona cuando la palabra (o la firma), todavía tenía más valor que cualquier bien que diera en garantía. 

El otro día en una conversación con amigos, uno de ellos decía, refiriéndose a pagarle comisión a alguien por obtener algo a cambio, “que todo el mundo hace”...solo me acordé de la conversación con mi hijo sobre la licencia de conducir.

En estos días me he puesto a recordar las distintas situaciones que enfrentamos con nuestros hijos mientras van creciendo, y me doy cuenta que muchas veces los padres podemos cometer errores con los mensajes que les mandamos; en ocasiones sin querer, a veces pensando que lo que digamos no tendrá mucha incidencia, creyendo que se les olvidará…..pero no es así. No saben cuántas veces nuestros hijos nos pidieron hacer una constancia de enfermedad para faltar al colegio, solo porque no habían hecho una tarea y no querían enfrentar la regañada; no recuerdo que alguna vez hayamos accedido. Si en algo mi esposo y yo hemos sido bien “cuadrados” y estrictos, es con la integridad. Los niños son campeones manipuladores, saben qué “switch” tocarnos para llevarnos al borde de la desesperación, y hacernos ceder a veces comprometiendo nuestros propios principios. Créanme que con tres hijos sabemos de lo que les hablo; tenemos uno que desde que aprendió a hablar, tiene un argumento para todo... ¡qué chavalito!, de verdad que 
él fue un gran reto…

En las últimas semanas mucho se ha hablado de transformar nuestro país, de hacer cambios importantes en todos los niveles, pero es vital que reconozcamos que todo comienza en casa, y que la verdadera transformación del ser humano empieza “de adentro hacia afuera”. Es nuestra responsabilidad inculcarles a nuestros hijos los valores y principios que Dios nos dejó en su palabra, no importa cuánto nos sofoquen, o  “que todo el mundo lo haga”, hay que regresar a la integridad, a la honestidad, a la honradez.

Proverbios 22:6 dice: “Instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará”

Estamos a tiempo de dar el ejemplo con nuestros actos, con el legado que dejemos a nuestros hijos y siguientes generaciones.