• Mayo 16, 2018, media noche

Nuestros hijos juegan futbol desde que están en primaria. Los tres estuvieron en el equipo de su colegio; también han jugado en ligas recreativas y federadas, uno de ellos en la universidad y ahora para un equipo profesional en Nicaragua. Tenemos años de recorrer estadios viendo los partidos.

A mí me costó un poco agarrarle gusto, aprender los nombres de las posiciones, las reglas y las distintas estrategias que se ponen en práctica en el terreno de juego. Yo tengo la tendencia a observar más de lo que hablo, y cuando estamos en la gradería de los estadios, mi esposo grita, se levanta, se sienta, da vueltas, de hecho cuando estaban en el colegio corría de un lado a otro del campo haciendo barra.

Yo prefiero enfocarme en el juego, seguir detenidamente cada movimiento de los jugadores, y cuando subo la voz, generalmente es cuando le cometen falta a alguno de los muchachos de nuestro equipo. La verdad que hemos aprendido mucho de la dinámica del juego; ya he usado algunos ejemplos para ilustrar mis columnas semanales cuando he abordado temas como el carácter, la honestidad, la perseverancia y la disciplina.

El equipo en el que juega mi hijo, por primera vez en varios años pasó a la final. Están por enfrentarse en dos partidos contra un equipo fuerte, considerado por algunos como el mejor del país. Desde enero hemos ido a casi todos los partidos, y en cada uno hemos aprendido mucho de los muchachos.

Observando la forma en que se desempeñan y manejan en la cancha, uno puede darse cuenta de su temperamento, de su carácter y de su determinación; y la mezcla de todo eso ha dado los frutos que hoy están cosechando. Sé lo que significa enfrentarse con alguien o algo que es más grande o más fuerte que uno; los sentimientos de temor, de inseguridad, de duda, y las expectativas de lo que pueda suceder nos mueven el piso.

Durante el fin de semana, pensando en el primer partido de la final que se ha pospuesto dos veces, se me vino a la mente la batalla de Gedeón (Jueces 6 y 7). A los Israelitas los tenían acorralados los Madianitas y los Amalecitas; eran ejércitos poderosos y numerosos que se tomaban las tierras y arrasaban con todo lo que estaba a su paso. Un día Dios escogió a Gedeón para acabar con los invasores.

Le dijo que se alistara para atacarlos. Gedeón un tanto incrédulo, después de cerciorarse varias veces que lo que el Señor le estaba diciendo era verídico, comenzó a hacer un inventario de sus debilidades y Dios básicamente le dijo “déjate de mates”…….”Ve con la fuerza que tienes, y salvarás a Israel del poder de Madián.

Yo soy quien te envía” Jueces 6:14,  y continuó diciéndole, “Tú derrotarás a los Madianitas como si fueran un solo hombre, porque yo estaré contigo.” Jueces 6:16. Después de esa conversación, Gedeón se preparó llamando a tanta gente como pudo para montar su ejército; pero el Señor regresó y le dijo que tenía demasiados hombres (había juntado 32,000), y para que no se jactaran que iban a combatir al enemigo en sus propias fuerzas, tenía que reducir el número.

Gedeón obedeció y terminó con 300 hombres. Se dividió en tres grupos y atacaron al ejército contrario con táctica, con inteligencia y con astucia; ellos hicieron su parte y dejaron que Dios hiciera el resto.

La vida no es fácil, y muchas veces nuestros contrincantes serán más grandes que nosotros, más numerosos, tendrán más recursos, más armas con qué combatirnos; pero cuando Dios nos pone en lugares donde no pensábamos llegar, cuando nos encarga que hagamos algo por otros, o cuando la pasión por conseguir algo arde en nuestro corazón, es en nuestras debilidades que Él nos hará fuertes.

Muchachos, hoy les digo: ¡Esfuércense y sean valientes, hagan lo que les toca y dejen que Dios se encargue del resto!