• Mayo 23, 2018, media noche

Desde que comencé a escribir esta columna semanal, pocas veces me he quedado con la mente en blanco; más que en blanco diría que es un papel lleno de rayas y tachones, dibujos de cosas sin sentido, garabatos sin patrones específicos. ¿Qué puedo decirles? Hemos estado viviendo unos días complicados, tristes, frustrantes; han regresado emociones que pensamos que nunca volveríamos a sentir. Para colmo, la semana pasada falleció una persona que para mi esposo y para mí fue un gran mentor. Un hombre maravilloso, lleno del amor de Dios, valiente y con una pasión por las almas impresionante.

El sábado tuvimos la oportunidad de acompañar a su familia durante las honras fúnebres. Ya sabíamos que estaba  enfermo, ya había llorado mucho cuando nos dimos cuenta hace unos meses; pero en la madrugada del jueves, cuando abrí mis ojos, lo primero que vi fue un mensaje de su esposa avisándome de su partida. Estaba fuera de Nicaragua, en la habitación de un hotel, alistándome para tomar un vuelo de regreso.

Tuve que hacer una pausa porque me quebranté… no sé por cuánto tiempo lloré desconsoladamente, no porque no sepa que él se fue a un mejor lugar, sino, por egoísmo. Lloré porque estaba pensando en mí, en el vacío que estaba dejando en mi vida. 

El día del servicio hablaron varias personas, celebrando su vida. Personas para quienes fue un mentor, amigos entrañables y por supuesto su esposa, sus hijas y yernos. Cada uno contó una historia, todos dejaron muy claro el impacto que había causado en sus vidas, la manera en que los motivó a dar más de lo que creían que podían. Indiscutiblemente era un líder que dirigía con amor y con firmeza, con positivismo y con valentía. Ese día le llamaron “El General de la Fe”. No me cabe la menor duda que lo fue.

De las historias que escuchamos, la que más me llamó la atención fue la de una de sus hijas. Ella contó una anécdota de cuando recién graduada del bachillerato, le tocó ir a otra ciudad a trabajar para una misión. El trabajo era pesado, tenía que lavar baños y limpiar los jardines. Ella es pequeña de tamaño y delgada, y contó que un día le tocó empujar una carreta llena de piedras muy pesadas. Al final del día llamó por teléfono a su papá y le dijo que dejaría el trabajo, que era demasiado duro para ella. Entonces su papá le respondió que ella podía hacer lo que ella se propusiera y le leyó un poema, no sé si escrito por él.  El poema se llama “¡Sé el mejor de lo que sea que seas!” La tercera estrofa me encantó y dice así: 

“No todos podemos ser capitanes, otros tenemos que ser tripulación Hay algo para todos nosotros aquí.

Hay trabajos grandes por hacer, y otros más pequeños y la tarea que debes hacer es la que te toca hacer”.

Todos tenemos un propósito en esta tierra, una tarea que llevar a cabo; Dios nos dotó de dones y talentos para cumplir este propósito, y delante de sus ojos todos somos importantes. Hoy más que nunca debemos pedirle al Señor que nos guíe hacia ese propósito para comenzar a caminar en él; si todos unimos propósitos vamos a hacer cosas grandes. Es tiempo de quitar la mirada de las circunstancias y comenzar a preparar el terreno para lo que viene. “Porque la creación (Nicaragua) aguarda con gran impaciencia la manifestación de los hijos de Dios”: Romanos 8.19

Todos somos obreros que labramos la tierra donde Dios nos plantó, pero debemos ser amorosos, valientes, perseverar, tener humildad, ser factores de cambio, actuar desde las “trincheras” donde Dios nos haya puesto, sin romper sus principios. 

Pensemos en lo que viene, en lo mejor, en lo bueno, en todas esas promesas que le han profetizado a nuestro país. Dios es bueno siempre, y sobre sus hombros vamos a llegar a la meta.

”Yo, por mi parte, pondré la mirada en el Señor, y esperaré en el Dios de mi salvación. ¡Mi Dios habrá de escucharme!”: Miqueas 7:7