• Mayo 30, 2018, media noche

En los años 80 viví en los Estados Unidos un tiempo y fue hasta en ese momento que comencé a ponerle mente a la temperatura del clima, especialmente cuando me mudé al noreste, donde las cuatro estaciones son bien marcadas. Mi estación favorita es el otoño porque me encantan los árboles vestidos de colores, pero luego llegaba el invierno y el clima se ponía muy frío.

Cada mañana lo primero que hacía era revisar el pronóstico del tiempo para saber cómo debía vestirme. Me tocaba caminar hacia la estación de bus, luego a la del tren y después a mi trabajo. A veces las calles se cubrían de hielo lo cual hacía más difícil el trayecto. Antes de salir de mi casa, me vestía cuidadosamente poniéndome capas de ropa para salir abrigada, y luego podérmelas quitar cuando llegara a mi destino. 

Les cuento toda esta historia porque el domingo, en mi momento de oración al inicio del día, en un devocional que se llama “Jesús te llama”, la lectura comenzaba con esto que copio textual: “Busca mi rostro al comienzo de este día. Esto te capacitará para que te “cubras conmigo” y te “vistas de mí”.

Tan pronto terminé de leer, recordé lo que les conté de mis años en el noreste de los Estados Unidos. Se me cruzó una imagen mental de lo que hacía cada mañana para vestirme, y salir protegida al frío inclemente del invierno.

En las últimas semanas hemos estado viviendo situaciones bien duras, circunstancias de mucho dolor; y es lógico que nos llenemos de ira, de rencor, de pensamientos negativos, reacciones normales de nuestra naturaleza humana. Cada día es algo nuevo, algo peor, hay más oscuridad, incertidumbre, es como estar en un callejón sin salida; entonces se vuelve más imperante que lo primero que hagamos al abrir los ojos, no sea ver el celular para saber lo que transcurrió durante la noche (noticias verdaderas y falsas que nos contaminan la mente), sino más bien que sea “vestirnos de Él” y “cubrirnos con Él”.

Hace un tiempo leí en Gálatas 5:16-26 sobre las obras de la naturaleza humana y los frutos del Espíritu, donde básicamente lo que dice es que ambos se oponen entre sí. Las obras de la naturaleza son, entre otras, el odio, la discordia, los arrebatos de ira, las rivalidades, la envidia, etc. (cualquier semejanza a la realidad es mera coincidencia); y los frutos del Espíritu son amor, paz, alegría, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (poco estamos viendo de estos frutos últimamente). 

Este fin de semana me di cuenta que estaba topada; que he estado saliendo de mi casa, al “frío inclemente del invierno”, mal vestida, sin cubrirme suficiente a tal punto, que se me terminó el té de manzanilla con lavanda que he tomado para calmar mi estómago (todo el “stress” me pega ahí).

El domingo me desperté más temprano que de costumbre, con una necesidad de encerrarme en “nuestro cuarto de guerra” y hablar con Dios; pedirle perdón por todos los pensamientos negativos que he tenido, por darle cabida a las obras de la naturaleza humana, en vez de ser portadora de los frutos de su Espíritu.

Solo dije una palabra en voz audible y comencé a llorar junto a mi esposo, a quien le pedí me acompañara. Dejé en las manos de Dios todo lo que había venido cargando sobre mis hombros, y cuando terminamos de orar, me sentí mucho más liviana, más libre, lista para enfrentar otro día, y vaya día el que nos tocó el lunes en Nicaragua.

Quiero seguir tratando de ser canal de bendición para los que me rodean, continuar llevando palabras de fe, de esperanza y de aliento a los que nos leen, pero no puedo hacerlo sola. Necesito a Jesús conmigo permanentemente, necesito su presencia en mi vida para que los frutos de su Espíritu prevalezcan sobre las obras de mi naturaleza.

Como dijo Pablo en Colosenses 3:15 “Que en el corazón de ustedes (nosotros) gobierne la paz de Cristo, a la cual fueron |llamados en un solo cuerpo”.