• Jun. 6, 2018, media noche

Este fin de semana que pasó mi esposo y yo estuvimos en New Orleans, en un viaje corto que teníamos planeado desde hace varios meses. Decidimos hacerlo a pesar de la situación que estamos viviendo en Nicaragua; era importante para nosotros ir, y la verdad,  fue doblemente refrescante estar en un lugar que para nosotros, se ha convertido en un segundo hogar. Nos hospedamos en casa de Martin y Judi, los primos que me dieron posada hace 3 años mientras estuve en tratamiento de quimioterapia por cáncer de seno. Nos quedamos en la misma habitación donde yo dormía con mi mamá, quien estuvo conmigo durante todo el tratamiento. Es inevitable que se asomen los recuerdos de ese tiempo tan difícil para mí y para nuestra familia; cada rincón de esa casa alberga una pequeña historia de los momentos vividos, yo diría que más buenos que malos. 

Aunque gracias al Espíritu Santo, quien estuvo protegiendo mi cuerpo en todo momento, no tuve los efectos colaterales más comunes del tratamiento, sí sufrí otros; de hecho uno de ellos, ni siquiera estaba descrito en el panfleto que me entregó el médico antes de iniciar el tratamiento. Quiero pensar que ese que no estaba contemplado en el papel, fue mi contribución a la ciencia. Por alguna razón las reacciones me daban más fuerte por las noches, sobre todo en los primeros días del tratamiento. Recordé las veces que sentí no solo incomodidades físicas, sino también, una fragilidad emocional inexplicable y un temor que nunca antes había conocido; era diferente al que había sentido en otros momentos de mi vida. A veces, en medio de la oscuridad, despertaba a mi mamá y le pedía que me sobara las plantas de los pies, con lo cual sentía un poco de alivio. A veces prefería no despertarla, pues me daba pesar verla levantarse con dificultad en la madrugada para asistirme. La primera vez que decidí no molestarla, se me 
ocurrió buscar mi Ipad, me puse los audífonos y en YouTube busqué canciones (alabanzas) con letras llenas de esperanza, de fortaleza y de fe, pues ni siquiera podía pronunciar una oración. Esa madrugada, en medio de la oscuridad, las letras de esas canciones llenaron mi mente y mi espíritu de paz. Esto lo repetí muchas veces, de día y de noche, y siempre encontré lo que buscaba.

Desde el día que me diagnosticaron hasta que concluí mi tratamiento, tuve la tentación de quejarme, de autocompadecerme, de amargarme y de maldecir la enfermedad, pero decidí no hacerlo. Aproveché los momentos de oscuridad para buscar la luz: “Yo (Jesús) soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.   Juan 8:12; cada vez que lo hice la encontré porque siempre estuvo ahí, siempre está con nosotros.

Hemos estado viviendo situaciones muy difíciles en nuestro país en los últimos 45 días, de hecho las noches se han convertido en verdaderas tinieblas. Se está sembrando odio, discordia, venganza, maldad, intolerancia, muerte, pero no solo de parte de las personas malignas, sino también de las que suponen estar en contra de ellas. No nos dejemos contagiar de lo malo. Dejemos a Dios ser Dios, no paguemos mal con mal. Hagamos lo que dice el Salmo 37:8-9: “Refrena tu enojo, abandona la ira; no te irrites, pues esto conduce al mal. Porque los impíos serán exterminados, pero los que esperan en el Señor heredarán la tierra”.

¡Es tiempo de ser luz y para ello es necesario buscar la luz!