• Jun. 13, 2018, media noche

El Día de las Madres en Nicaragua, mi esposo, nuestro hijo mayor y yo, fuimos tres de los tantos miles de nicaragüenses que acompañaron en una marcha, a las madres que perdieron a sus hijos en las protestas cívicas que se levantaron el 19 de abril.

Nuestro hijo se fue con unos amigos músicos que iban a hacer un pequeño concierto al final de la marcha, para “abrazar” a las madres que ese día no tuvieron nada que celebrar.

Nosotros hubiéramos querido que él estuviera cerca en todo momento, pero es adulto y poco podíamos hacer al respecto. Aunque tratamos de llegar hasta el final de la trayectoria, había demasiada gente; entonces decidimos salirnos en una de las calles aledañas y tomarnos algo en un restaurante, mientras esperábamos que finalizara el evento. 

Mi esposo llamó a mi hijo un par de veces para tenerlo localizado y así poder comer tranquilos. De repente, comenzamos a ver en las pantallas de televisión a un reportero decir que estaban atacando a las personas que ya habían llegado al lugar de encuentro, donde sería el concierto para las madres.

En ese momento comenzamos a llamar a nuestro hijo para decirle lo que estábamos viendo por la TV, y él a su vez nos informaba lo que estaba sucediendo. Le pedimos que saliera de ese lugar inmediatamente, y le dijimos que lo esperábamos en el restaurante donde estábamos con unos familiares.

No puedo explicarles lo que sentimos en esos momentos; los minutos parecían horas y el muchacho no aparecía. Lo llamamos varias veces, hasta que llegó un momento que mi esposo salió del restaurante y caminó hacia la esquina, donde se detuvo a ver para todos lados. No se movió de ahí hasta que lo divisó a la distancia.

Nuestro hijo venía cargando su cajón peruano en la espalda y su mochila en el pecho; caminaba a un paso rápido, s
e le veía asustado.

Creo que mi respiración se detuvo hasta que lo pude ver. Mi esposo no se movió, esperó que cruzara la calle y lo abrazó. Inmediatamente le preguntó si le ayudaba a cargar su mochila o el cajón, mientras emprendíamos la caminata de regreso a la casa de mi hermana a recoger el carro.

Hoy conversaba con una amiga sobre lo que hemos estado pasando por casi dos meses en Nicaragua. Ella me compartía sus angustias, sus miedos, sus dudas, su dolor e incertidumbre; quería encontrar respuestas, pero no pude darle ninguna.

Le dije que en momentos como estos, tenemos que controlar las emociones para poder pensar coherentemente y no “enfermarnos”; pero en lo humano es imposible hacerlo.

Mientras hablaba con ella, nuevamente se me vino a la cabeza la imagen de nuestro hijo ese día de la marcha, cargado y asustado; así andamos todos, pero la buena noticia es que depende de nosotros correr hacia “la esquina” donde está nuestro Padre esperando que lleguemos para abrazarnos, para quitarnos las cargas, para limpiar nuestras lágrimas y calmar nuestros temores. 

Así como mi esposo esperó a nuestro hijo en la esquina, así está Jesús esperando que corramos hacia Él. Solamente ahí vamos a encontrar lo que en momentos tan duros como los que estamos viviendo necesitamos: Paz.

Jesús dijo: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso.” Mateo 11:28