• Jun. 20, 2018, media noche

Lo que había escrito para este miércoles quedará para otro día, pues ayer martes amanecimos con pésimas noticias y sentí que debía comenzar de cero. Qué terrible se han vuelto las noches y las madrugadas en nuestro país. Para ser totalmente sincera con ustedes, que semana a semana nos leen, me ha costado mucho escribir en estas circunstancias. Mi esposo y yo nos hemos propuesto contrarrestar toda mala noticia con palabras de ánimo, de fe, de esperanza, pero hay momentos donde la oscuridad quiere apoderarse de nosotros. 

En los momentos de mi vida donde he pasado por situaciones difíciles de diferente índole, para llenar mi “tanque” de fe y esperanza, he buscado historias de seres de carne y hueso que han sufrido cosas peores, y cómo han sido levantados por Dios. Hoy estoy haciendo lo mismo. Hay un libro, entre otras cosas, que ha hecho que mi travesía por esos momentos sea más soportable, “Becoming a man of unwavering faith”, de John Osteen, en español se llama “Ser un hombre de fe inquebrantable”; y hoy por la mañana lo volví a sacar del librero para leerlo una vez más, ya perdí la cuenta. Les pido perdón por sonar tan apagada, tan triste, por sentirme tan impotente; no es justo con ustedes.

Uno de mis capítulos favoritos de la Biblia es Hebreos 11 que comienza con esta cita: “Ahora bien, tener fe es estar seguro de lo que se espera; es estar convencido de lo que no se ve”. Creo que no hay nada más difícil en esta vida que poner esto en práctica, peor cuando las circunstancias antes de mejorar, empeoran. En ese capítulo se habla de cómo Noé le creyó a Dios y construyó el arca que salvó a su familia; de cómo Abraham obedeció cuando fue llamado y salió sin saber dónde iba, y era a recibir la herencia que Dios le había prometido; como Sara, a pesar de su incredulidad inicial, tuvo la fe que le dio fuerzas para concebir un hijo a su edad;  como Moisés dejó la comodidad de su casa para escuchar el llamado de Dios y liderar a todo un pueblo que por no creer, pasó 40 años en el desierto; y así otras historias. 

Qué difícil, pero tenemos que cuidar nuestro “tanque” y no darle cabida a la negatividad, al desánimo, a la frustración, a la impaciencia. Hemos sentido que Dios está callado, que está mirando al lado contrario de donde nos estamos ahogando, y no manda el salvavidas; que nuestras oraciones no están pasando del techo. Pero quiero decirles que mientras más fuerte es la tormenta, más dura la batalla, más oscura la circunstancia, más cerca está Él de nosotros. “Aún si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta”. Salmo 23.4

Hoy me hablé a mí misma mientras escribía estas líneas, y recuperé la convicción de que Dios no nos ha abandonado y nunca lo hará. Él pondrá consuelo en el corazón adolorido, traerá valor a las almas temerosas, dará fuerzas a los cuerpos cansados. Él hará, Él hará, y ya lo está haciendo. “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que se vea que la excelencia del poder es de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no destruidos; siempre llevamos en el cuerpo, y por todas partes, la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros.” 2 Corintios 4:7-10

“Por eso, no nos fijamos en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”. 2 Corintios 4:18.