• Jul. 4, 2018, media noche

Hace tres años fui diagnosticada con cáncer de seno y la travesía por esa prueba comenzó con tres cirugías el mismo día, y concluyó con un tratamiento de quimioterapia durante cuatro meses y medio. El proceso del tratamiento fue lo más duro para mí, a pesar de que no sufrí los efectos más comunes de la quimioterapia, que era a lo que más le temía (las náuseas), pero tuve otros que fueron difíciles. Padecí de mucha fatiga, combinada con unos bajones de presión que me provocaban una gran debilidad. Hubo momentos donde no podía ni siquiera enjabonarme cuando me bañaba, tenía que pedirle ayuda a mi mamá; o sentarme en el comedor por mucho tiempo para comer.

El tener que pasar de la cama a la mesa, de la mesa al sofá y de regreso a la cama, porque simplemente no tenía ni una gota de energías o fuerzas, me causaba mucha ansiedad. Fui a parar al hospital tres veces por distintos motivos; estar en una camilla de la sala de emergencias donde me pinchaban una y otra vez, buscando venas para sacar sangre o para ponerme suero (las venas se ponen muy finas con la quimioterapia), me provocaba una tristeza y una impotencia terrible. Inmediatamente lo que hacía era recitar los salmos que había escogido para acompañarme durante la batalla, y poco a poco mi espíritu se iba calmando. Un día de los que me sentía muy mal, decidí sobreponerme y me metí debajo de la regadera para bañarme; sin pensarlo comencé a decir “Gracias Señor por las energías para bañarme”, y lo repetí no sé cuántas veces hasta que terminé. No puedo expresarles lo que sentí, fue como una meta alcanzada. A partir de ese día le daba gracias a Dios, a pesar de cómo me sintiera, a pesar de lo que me estuviera pasando, a pesar de los síntomas y del dolor en algunas ocasiones, no paraba de agradecer. Unos meses después de concluir el tratamiento, mi mamá fue diagnosticada con cáncer terminal. Vivió unos cuantos meses después de su diagnóstico, fue algo terrible para toda la familia; pero durante los meses que la tuvimos con nosotros, no hubo día que no le agradeciera a Dios por su vida, por abrazarla cada día para que no sufriera todo lo que los médicos habían pronosticado. Del tamaño de mi dolor era la paz que recibía. La gratitud a pesar de las circunstancias es un arma espiritual poderosísima.

En la enseñanza del domingo, se hablaba de varias ocasiones en la vida de Jesús cuando él mostró agradecimiento a Dios por algo, y específicamente me llamó la atención aquel pasaje donde su amigo Lázaro, que muere antes que Jesús pudiera llegar a verlo. Lázaro era su “brother”, Jesús lo quería tanto que también lloró junto con los que lo lloraban; pero estando frente a la tumba alzó sus ojos al cielo y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado.” Juan 11:41. Y después de agradecer, le ordenó a Lázaro que saliera de la tumba.

Sé que lo que hemos estado viviendo en nuestro país ha sido muy difícil en todo sentido y que a todos nos ha afectado de diferente manera, pero en medio de tanto dolor y frustración, todos tenemos muchas cosas por las cuales agradecer a Dios. Y como todo padre, cuando un hijo nos agradece, aún por las cosas más pequeñas, el corazón se conmueve.

Tal vez el panorama se ve negro y nuestra creatividad ya no da más, buscando posibles soluciones, pero hoy quiero invitarlos a darle gracias a Dios por la libertad y por la restauración de Nicaragua, ¨llamando (declarando) las cosas que no son, como que si fuesen¨. Romanos 4.17. No importa cuánto tengamos que repetirlo, así como yo pude experimentar el poder de la gratitud en mi batalla contra el cáncer, y en medio del dolor de ver a mi mamá apagarse por la enfermedad, así vamos a ver cosas sobrenaturales suceder en favor de nuestro país.

¡La gratitud precede el milagro!