• Jul. 25, 2018, media noche

La semana pasada perdí a mi papá. Tenía tiempo de estar enfermo y últimamente su salud se deterioró muy rápido. Estuvo unas horas en cuidados intensivos, lo que me permitió estar un tiempo con él, y a pesar de que estaba sedado, yo sé que me escuchó.

Oré, le dije que lo amaba, que si tenía algún pendiente yo me haría cargo; le di besos en la frente por mí, por mis hermanos que no estaban aquí, por sus nietos y sus hermanos. Su corazón se fue apagando. Agradezco a Dios por su infinita misericordia y amor por él.

En la primera etapa de mi vida, mi papá fue muy importante para mí. Me enseñó el amor por la música (tenía una voz privilegiada); me regaló mi primera guitarra y se enorgullecía de verme tocar música clásica a mi corta edad.

Cuando cumplí nueve años, me regaló un revólver y me enseñó a disparar; podíamos pasar horas tirando al blanco. Aprendí a jugar beisbol de cartas, me sabía  de memoria los nombres y la alineación del equipo de los “Yankees” de Nueva York del año 1978.

Recuerdo una vez en casa de María, mi mejor amiga, le pedimos que nos enseñara a bailar, pues lo hacía muy bien. Como estas historias tengo más, pero no es en eso en lo que quiero enfocarme.

Mi papá tenía un temperamento bien difícil, era impulsivo, a veces violento, podía estallar muy rápido cuando andaba de mal genio. Tuvimos discusiones fuertes, yo no soy una “santa paloma”.

No fue el padre perfecto, de hecho tuvo muchas fallas en esa área, pero ¿quién soy yo para juzgarlo? Cuando me convertí en mamá, me di cuenta que los padres no somos perfectos. Por años le guardé rencor por lo que hizo y  por lo que dejó de hacer; pero cuando permití que Jesús entrara en mi corazón, tomé la decisión de perdonarlo, y con el tiempo mi corazón fue sanando. 

No voy a idealizar a mi papá ahora que no está, pero decidí que voy a recordar lo bueno. Mi hermano, Carlos, puso en su Facebook: “Hoy celebraré la vida de mi papá, un hombre que me enseñó cómo dar sin esperar nada a cambio….” Es en ese valor donde quiero concentrarme hoy.

Mi papá fue un hombre sumamente generoso, y por años no entendí cómo era posible que diera, cuando a él mismo le faltaba; puede ser que hasta lo haya cuestionado por hacerlo, antes de que yo llegara al entendimiento de los principios sobre prosperidad que Dios nos dejó en Su Palabra. La generosidad es un don de Dios.

Hace un tiempo leí un libro escrito por Wayne Myers que se llama “Viviendo más allá de lo posible” Confiando a Dios sus finanzas y su futuro”. Es un libro pequeño pero lleno de sabiduría del cielo, que es la que necesitamos para administrar las riquezas que Dios trae a nuestras manos. Hoy quiero destacar algunos principios que subrayé en el libro, al cual regreso cada vez y cuando, para llenarme de fe; sobre todo en los momentos cuando la economía familiar se pone difícil. 

Wayne Myers nos dice:

“Si quiere ser rico ¡dé!, Si quiere ser pobre ¡acumule!, Si quiere tener necesidad ¡agarre!, Si quiere tener abundancia ¡reparta!

“La prosperidad no se mide por lo que tiene, sino por lo que da”

“La provisión de Dios se encuentra depositada a lo largo del camino de la obediencia”

“Dé sin recordar, reciba sin olvidar”

“Dé, no de las sobras de su billetera, sino de lo profundo de su corazón”.

La vida de mi papá estuvo llena de actos de generosidad y hoy puedo decirlo con mucha satisfacción. “El que es generoso prospera; el que reanima, será reanimado.” Proverbio 11:25

¡Hasta pronto, papá!