• Ago. 15, 2018, media noche

Casi todos los niños tienen un objeto que les da seguridad, y a veces le ponen nombre. Cada uno de nuestros hijos tuvo algo: Alejandro tenía una toallita pequeñita que sujetaba con su mano, mientras se chupaba el dedo pulgar; Andrés tuvo una almohadita pequeña que andaba de arriba abajo, le decía “mi Naa”; Sebastián escogió un osito amarillo, Winnie Pooh, que bautizó con el nombre de Lilito. Este muñequito lo andaba con él de arriba abajo, el pobre osito se ponía bien sucio y lavarlo era toda una odisea. Cuando entró al colegio además de su lonchera, llevaba a Lilito. Tratamos por todos los medios de convencerlo que lo dejara en la casa, pero no hubo manera. Hablé con la profesora para que le permitiera llevarlo; aceptó con la condición de que mientras Sebastián estaba en clase, Lilito tenía que estar sentado encima de un librero; cada vez y cuando Sebastián volteaba a ver asegurándose que estaba ahí. 

Cuando salíamos, Lilito iba con nosotros; se convirtió en un miembro más de nuestra familia. Ese osito a Sebastián le traía seguridad, consuelo cuando lloraba, le quitaba el miedo, en fin, era especial. Un día lo llevé donde el pediatra porque estaba con unas alergias terribles, por supuesto que Lilito también fue; cuando el pediatra lo vio me hizo una seña que hasta después la entendí: había que eliminarlo. Pasé tres días pensando cómo lo iba a hacer; sabía que sería una tragedia. Una noche agarré valor y mientras Sebastián dormía, le quité a Lilito y lo escondí dentro de una bolsa en la parte de arriba de mi clóset. Cuando se despertó lo primero que hizo fue buscarlo en su cuarto, luego llegó llorando donde nosotros pidiendo a Lilito. Lo senté en mi cama y le dije que Lilito se había ido al cielo con su mamá, porque ella le hacía falta. Lloró no sé cuántos días cada vez que se acordaba. Sebastián tendría como 6 años tal vez cuando esto.

Nunca tuve corazón para botar a Lilito. Cuando cumplió 12 años, me pareció que era momento para que Lilito apareciera. Recuerdo que lo saqué de la bolsa, lo metí en la lavadora y en la secadora y lo alisté para dárselo junto a su pastel de cumpleaños. Andrés se dio cuenta del operativo y me dijo que él quería dárselo; entonces, antes de que llegaran los invitados al cumpleaños, Andrés agarró a Lilito y se lo llevó a Sebastián…todos estábamos expectantes de su reacción, cuando Sebastián lo vio, lo agarró y comenzó a llorar. Todo el mundo en la familia tuvo que ver con la aparición de Lilito. En enero pasado, cuando regresó a México a la universidad, se lo empaqué en su maleta sin que se diera cuenta. Cuando llegó, lo encontró y me llamó emocionado, Lilito ahora está en México; esta fue bandidencia mía.  

Cuando reconocemos a Jesús como nuestro Señor, tenemos acceso a nuestro Lilito, el Espíritu Santo, lo que pasa es que nos cuesta mucho entender su rol y sentirlo con nosotros en todo momento. De hecho, con nuestras actitudes lo podemos entristecer y hacer que tome distancia.

El Espíritu Santo tiene varias funciones, por ejemplo: trabaja en nuestro corazón para darnos convicción de pecado, nos revela la verdad, nos da entendimiento de lo que Dios nos dice en su palabra, nos guía, pone el querer y el hacer en nosotros -- ¿alguna vez han sentido un impulso fuertísimo de querer ayudar a alguien?, ese es el Espíritu Santo; también nos regala dones y produce frutos en nuestra vida cuando nos dejamos guiar por Él – los frutos de amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Jesús dijo: “Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede aceptar porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes. No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes”.

¡Todos necesitamos a nuestro Lilito!