• Ago. 22, 2018, media noche

Como les comentaba hace un par de semanas, últimamente he andado extrañando mucho a mis hijos. Los amamos tanto  que queremos que todo les salga bien en su vida; que no tengan problemas ni preocupaciones y mucho menos que sufran.

No sé si ando todavía con la tristeza del fallecimiento de mi papá, o es una suma de varios eventos aunado a lo que hemos estado viviendo en nuestro país. Si bien es cierto, que en los últimos días han sucedido varias cosas que me tienen con el corazón encogido, generalmente yo me sobrepongo y sigo adelante, pero hoy fue un día terrible.

El estrés y la tristeza cansan, y hoy no quería ni sentarme a escribir la columna; tenía sueño y me sentía “ponchada”; se supone que mi compromiso con Dios y con ustedes, es traerles palabras de ánimo y de fe. ¡OK, suficiente desahogo!

Cuando nuestro hijo mayor se fue a la universidad a los Estados Unidos, recuerdo que nos quedamos con el corazón en la mano y el alma en un hilo. La pregunta del millón era: ¿será que va a poder desenvolverse? Ellos se van felices, y uno queda aterrado de lo que puede pasarles viviendo solos; pero poco a poco nos vamos dando cuenta de que lo que les enseñamos cuando iban creciendo trae frutos, siempre y cuando hayan sido principios sólidos.

Los vamos viendo desenvolverse en diversas situaciones, que nos comprueban que cuando creíamos que no nos estaban poniendo atención, sí lo estaban haciendo.

Mi esposo y yo hemos dedicado bastante tiempo a nuestros hijos. Tomamos la decisión de ser “padres presentes” en las vidas de ellos, pero no solamente para enseñarles principios y valores, sino también para estar al tanto de cada detalle de sus vidas. Mantener una comunicación fluida con ellos, ha sido clave. 

Proverbio 22:6 dice: “Instruye al niño en el camino correcto, y aún en su vejez no lo abandonará.”

Quiero compartirles tres cosas que nos ayudaron en la formación de nuestros hijos:

Las palabras: aprendimos que hay que tener mucho cuidado con lo que les decimos. Cuando estamos enojados, no es el mejor momento para sostener una conversación; porque podemos decirles cosas de las que luego nos vamos a arrepentir.

Toda palabra que sale de nuestra boca para nuestros hijos tiene que ser positiva y sabia. Si no tenemos nada bueno que decirles, mejor quedarnos callados.

El ejemplo: no existe nada más hueco que las enseñanzas sin el ejemplo. No podemos enseñarle a nuestros hijos a no mentir, si nosotros les mentimos. A los hijos hay que enseñarles, pero también hay que influenciarlos; y la única manera de hacerlo es por medio de nuestro ejemplo. Debemos ser testimonio de lo que predicamos.

La participación: mi esposo y yo creemos que la familia es un equipo y así nos hemos manejado. Todos tenemos que ser partícipes de las victorias, pero también de las derrotas.

Cuando hemos tenido dificultades las compartimos con ellos, sin embargo, dependiendo de la edad en la que se encuentran, la forma de abordarlos es distinta. ¿Cómo vamos a prepararlos para enfrentar la vida, si no les enseñamos cómo resolver los problemas que se presentan?

En las últimas semanas he tenido unos impulsos de querer resolverle los obstáculos que nuestros dos hijos mayores han encontrado; salieron a refugiarse y buscar trabajo a otros países.

He pensado que “mamá Karla” pudiera quitarlos del camino, pero no debo hacerlo; porque la vida puede ser dura y aunque me duela el alma verlos frustrados, tristes, desanimados, etc., tienen que aprender a sortear las dificultades que se les presentan.

Como dijo Pablo: “Hermanos míos, alégrense cuando tengan que enfrentar diversas dificultades. Ustedes ya saben que así se pone a prueba su fe, y eso los hará mas pacientes. Ahora bien, la paciencia debe alcanzar a la meta de hacerlos completamente maduros y mantenerlos sin defecto.”. Santiago 1.2”

Tengo que reconocer que nos ha sorprendido la madurez y la valentía con la que ambos han venido enfrentando sus problemas; y aunque muchas veces colgando el teléfono derramamos una que otra lagrimita, estamos sumamente orgullosos de ellos y de los seres humanos en los que se han convertido.

¡Como nos dijo un amigo una vez, Dios no tiene nietos, solo hijos…Él está en control!