• Sept. 5, 2018, media noche

El estrés debe ser el nuevo virus del siglo XXI, no me cabe la menor duda. Difícilmente en una rueda de amigos, no se termina hablando de todos los males que uno está padeciendo.

El otro día, uno contaba que fue a parar al hospital por no ir al baño (#2) en varios días; a otra se le subió la presión a 200; yo anduve semanas con dolor en el estómago a tal punto, que cuando me tocó mi chequeo de 6 meses, agregué una endoscopía a mis exámenes para asegurarme que no tenía nada raro; a mi esposo se le trabó el cuello, ni siquiera fue por un mal movimiento, se despertó así en la madrugada. 

De repente, pareciera que el estrés es un estado “normal” en la vida de las personas, y a veces, ni nos damos cuenta que andamos irascibles, ansiosos, sofocados, angustiados, tensos y frustrados, y toca que alguien más nos lo haga saber. 

Tengo una tendencia a querer mantenerme ocupada todo el tiempo; soy bien activa y sufro del “multitasking” (hacer varias cosas al mismo tiempo), lo cual aumenta los niveles de presión y de estrés. Es muy raro que yo un sábado pase el día haciendo literalmente nada; de hecho cuando hago eso, que es casi nunca, mi esposo se sorprende y felizmente me acompaña.

Es muy importante identificar cuáles son las fuentes del estrés, y luego buscar qué hacer al respecto. A continuación les comparto algunos ejemplos de mi propia vida, y lo que he hecho para ayudarme:

Las finanzas: como decía en mi columna de la semana pasada, en tiempos de escasez, hay que tomar medidas para no volvernos locos. Es sano en todo tiempo manejar un presupuesto familiar, para saber con cuánto contamos y así medir los gastos.  

El cónyuge: el matrimonio no es fácil y las personas no somos perfectas. Cuando algo nos molesta de nuestro cónyuge, hay que ventilarlo lo más pronto que se pueda. La comunicación no tiene sustituto y cuando hablamos con tranquilidad, sin enojo y sin resentimiento, podemos resolver los problemas con mayor facilidad.

Problemas de salud: la mayoría de nuestras dolencias son provocadas por nosotros mismos, y de origen sicosomático. Hay que hacer ejercicio, comer sano y dormir suficiente. Los buenos hábitos requieren disciplina y constancia, pero los frutos son inmensos.

Relaciones laborales: hace un tiempo, me enfrenté a un fulano en mi trabajo que me hacía la vida imposible a tal punto, que llegué a pensar seriamente en renunciar. Muy seguido llegaba a mi casa llorando después del trabajo, frustrada y enojada por algo que esa persona me había hecho. Mi cuñado me recomendó que orara por él todos los días, aunque lo que quería era que le pasara un camión encima (son bromas); seguí el consejo y al cabo de un tiempo, su trato hacia mí dio un vuelco de 180 grados. 

Mucho trabajo: hay momentos que los picos de trabajo aumentan y nos podemos desesperar, o tomar demasiado tiempo quejándonos de lo tanto que tenemos que hacer. Es mejor hacer una pausa mental, planear, delegar y ejecutar. Poner las tareas en perspectiva, siempre nos ayudará a minimizar el estrés.

La situación de Nicaragua: no hay mucho que podamos hacer para que las cosas se solucionen más rápido. En el ínterin lo mejor es desconectarse de las redes sociales para minimizar los detonantes que nos quitan la paz. 

En resumen, para controlar el estrés es importante que nos mantengamos “conectados a la base” (Dios), por medio de la oración y la adoración. En vez de perder tiempo con la preocupación, es mejor escuchar alabanzas que nos traerán paz inmediata. Hagamos lo que nos toca y el resto dejémoselo a Dios. 

Hay un principio que dice: “Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes” 1 Pedro 5:7