• Sept. 19, 2018, media noche

Hace un par de meses mi esposo y yo salimos de Nicaragua unos días, y tomamos dos vuelos de ida y dos de regreso. En dos de ellos, presenciamos unos berrinches protagonizados por niños; en un caso iban con su papá, en el otro con ambos padres.

Nos quedamos sorprendidos del nivel de malacrianza de los chavalitos (mujeres y hombres), y de la pasividad y complacencia de parte de los padres. Para serles franca, me dieron ganas de sacarme la faja y darle a los papás por dundos. 

No recuerdo qué edad tendría nuestro primer hijo, cuando comenzamos a instruirlo, a guiarlo, a llamarle la atención. Me encontré repitiendo lo mismo una y otra vez; después llegó el segundo hijo y luego el tercero y seguíamos con la misma canción. A veces me sentía como que le hablaba a una pared.

De repente las palabras no eran suficientes y había que recurrir a otro tipo de escarmiento. Confieso que yo era rápida para desenfundar la faja, mi esposo tenía un poco más de paciencia. Yo sé que hay muchos debates respecto al castigo corporal, al principio nosotros no fuimos sabios con esto, porque a veces se nos pasó la mano; no es excusa, pero tres hijos varones, con dos años y medio y tres años de diferencia, pueden sacar de las casillas a cualquiera. 

En el camino aprendimos que en vez de un fajazo, un manotazo o gritos de palabras hirientes, era mejor tener una varita de madera que picara. De hecho muchas veces solo enseñábamos la varita y se calmaban.

Han salido nuevas corrientes de pensamiento respecto a disciplinar a los hijos, las cuales convergen en lo que comúnmente se le llama “educación libre”; dejar que los niños hagan lo que quieran, de hecho ahora los niños ya manejan el concepto del abuso infantil, y hasta amenazan a sus papás que van a llamar a la policía. 

Gracias a Dios, al doctor James Dobson (psicólogo cristiano y autor de varios libros), y a consultas con sicólogos, que nos ayudaron a educar mejor a nuestros hijos, es que ninguno de los tres anda descarriado; porque al menos dos de ellos, tenían una voluntad firme que de no habérselas quebrantado con la disciplina, nos hubiéramos lamentado. No ha sido nada fácil y cometimos muchos errores en el proceso.

Fuimos aprendiendo en el camino, a prueba y error, pero sí tuvimos cuidado de buscar ayuda. Nos pusimos de acuerdo para manejar una sola línea de pensamiento y no dar instrucciones opuestas; tratamos de manejar un balance en cuanto a los castigos y los llamados de atención; siempre hay uno más estricto que el otro, en nuestro caso yo era “la bruja” y mi esposo el “consentidor”; y por lo tanto se hizo necesario estar en unidad para no desorientar a los chavalos, los extremos no son buenos.

Como padres, “incomodar” a los hijos es parte de nuestra “descripción de puesto”. Dios nos dejó mucha sabiduría para la vida en su palabra (la Biblia), por eso es importante leerla y aprender de lo que ahí está escrito. Los Proverbios son una gran fuente de instrucción, de hecho para esta columna encontré 10 versículos que hablan sobre la disciplina (12:13, 6:23, 10:17, 12:1, 15:5, 15:32, 19:18, 13:18, 13:24, 29:17), así de importante es el tema. 

La disciplina exige tiempo y paciencia. A los niños hay que explicarles lo que han hecho mal y que todo mal comportamiento trae una consecuencia. Es más fácil dejar pasar las cosas para no complicarnos la vida, que tomarnos el tiempo para corregirlos. O bien, comprarles un teléfono o un tablet, para que se “distraigan” y nos molesten menos.

Las consecuencias hay que medirlas y deben ser proporcionales al mal comportamiento. Yo era demasiado exagerada sacando la faja por todo, a veces era suficiente llamarles la atención con autoridad, pero sin gritos.  Y en otras ocasiones, cuando ellos sufrían las consecuencias de sus acciones, ya con eso era suficiente, y los hacíamos reflexionar sobre el hecho.

Proverbio 13:24 dice: “No corregir al hijo es no quererlo; amarlo es disciplinarlo”.