• Oct. 1, 2018, media noche

Estimado lector, cuando yo asistía a Yale la moda en el mundo académico era la “eficiencia del mercado”; es decir, que los precios de los activos siempre eran idénticos al valor de los mismos, ya que dichos precios contenían toda la información necesaria sobre dichos activos para, con la debida precisión, determinar el valor de dichos activos.

Afortunadamente, los profesores de finanzas corporativas que, en esa época, estaban de moda en la escuela de economía de Yale eran Martin Whitman y Martin Shubik, autores del clásico “The aggressive conservative investor”, que no creían mucho en este principio y obligaban a leer a sus estudiantes, entre otras cosas, la obra de ben Graham, “Security analysis”.

Posteriormente me empecé a familiarizar con el pensamiento de Warren Buffett, discípulo de Graham que decía que, “para tener menos competencia, estoy dispuesto a cubrir el costo de todas las cátedras universitarias que estén dispuestas a enseñar el principio del mercado eficiente como un dogma de fe”.

Pero mucho tiempo después leí el libro de David Swensen, también Ph.D. de la Universidad de Yale y también discípulo de Jim Tobin, y uno de los mejores inversionistas de los últimos tiempos y administrador del fondo patrimonial de esta Universidad, “Pioneering portfolio manangement”, donde comprendí que el debate sobre la eficiencia del mercado no se resuelve conceptualmente, sino en la práctica. 

Según Swensen, hay mercados más eficientes que otros, donde el mercado de títulos de renta fija de alta calidad (bonos tiple A) y el de las acciones de las grandes empresas en el mercado norteamericano—salvo en períodos de pánico o euforia—, son sumamente eficientes y perderías el tiempo tratando de superar al “mercado”; pero que también existen otros mercados como el de bienes raíces y acciones en países emergentes o en vías de desarrollo donde puedes encontrar, si realizas bien tu trabajo, enormes ineficiencias; es decir oportunidades.

Por lo tanto, sí vale la pena realizar este esfuerzo de investigación, ya que el premio puede ser encontrar activos que están enormemente subvaluados, ya sea por falta de información, por falta de liquidez en el mercado o por desconfianza en el entorno del país donde se encuentran estos activos y donde, como consecuencia, tu competencia será marginal o inexistente.

Creo que lo mismo ocurre cuando un joven está buscando novia, ya que es muy probable que fuera de los barrios más exclusivos y fuera de las grandes ciudades, encuentre a jovencitas extraordinarias en todos los sentidos, donde la competencia sea prácticamente inexistente, y como consecuencia, aunque usted no sea un gran partido, termine conquistando a esa jovencita extraordinaria. Pero para obtener ese premio, primero hay que hacer la investigación requerida.

Veamos dos ejemplos que nos plantea el mismo Swensen.

En octubre de 1987 se dio una crisis importante en el mercado de acciones de los Estados Unidos y, como consecuencia, la mayoría de los inversionistas entraron en pánico y empezaron a vender sus acciones y a comprar bonos, ya que los consideraban más seguros y sus precios, debido a la baja en las tasas de interés, empezaron a subir. 

El comité que administraba el fondo patrimonial de la Universidad de Yale, que tenía una visión de largo plazo y cuya única decisión estratégica era decidir cómo distribuía sus recursos entre las distintas clases de activos (acciones, bonos y efectivo), se reunía solo una vez al año; sin embargo, esta vez y rompiendo sus sanas costumbres, se reunió de forma extraordinaria para evaluar la situación y decidió ir en contra de la manada; es decir, vendió bonos masivamente y masivamente invertir esos recursos en la adquisición de acciones. 

La decisión fue la correcta y ahora la aceptamos con gran facilidad, ya que los bonos que se vendieron estaban caros y las acciones que se compraron estaban baratas y no porque sus valores reales se hubiesen deteriorado.

Sin embargo, en aquel momento, la decisión no fue nada fácil e incluso hubo miembros de ese poderoso comité que criticaron fuertemente la decisión de la mayoría. 

Y como nos dice David, “afortunadamente, los beneficios de la decisión se observaron rápidamente y nuestras decisiones no estaban sometidas a las evaluaciones que con visión de corto plazo, constantemente realizan los analistas de Wall Street”.

Tenga presente que estas decisiones se toman después de la crisis y, por ello, son contrarias a las tomadas por John Templeton antes de la misma. ¿Qué hubiera hecho usted en ese momento?

Posteriormente, a inicios de los 90 se presentó una gran crisis en el sector inmobiliario del estado de california. Los Ángeles fue el más golpeado y Burbank, que estructuralmente era un mercado mucho más sólido, solo por “asociación” también había sido afectado.

En 1993 y en ese contexto, Coca Cola decidió vender un enorme edificio, llamado “Sony Building”, ya que en el mismo operaba su subsidiaria llamada “Sony Pictures”, la cual continuaría rentando todo el edificio, generándole al potencial comprador un seguro y excelente flujo de caja.

El precio de venta fue de US$83 millones, a pesar que su costo de reposición era superior a los US$130.00 millones, lo que representaba un descuento de un 30%.

¿Qué hubiera hecho usted? ¿Se hubiera unido a la manada y hubiera vendido sus propiedades, aunque fuera con un gran descuento? O ¿Hubiera comprado el edifico que estaba vendiendo Coca Cola? Hubo un inversionista llamado Douglas Emmett, que luego de realizar su propio análisis, se separó de la manada y decidió realizar la compra y no se arrepintió.

Recordemos que, en general, a la hora de decir en qué clase de activos invertimos nuestros ahorros con una visión de largo plazo, primero están las acciones, luego los bienes raíces y luego los bonos, pero en otra oportunidad hablaremos de esto en más detalle. 

Nramirezs50@hotmail.com