• Oct. 3, 2018, media noche

Estoy verdaderamente asustada con la falta de integridad de las personas, de cualquier nivel económico y social; me indigna la gente que se llena la boca hablando de Dios y enviando versículos bíblicos, y es capaz de cometer actos de deshonestidad.

Por mi trabajo, tengo la oportunidad de viajar bastante en Centroamérica, Panamá y Ecuador, y últimamente, en todos los países, el tema de conversación es la corrupción, la deshonestidad, la falta de ética, etc.

Estamos enfrentando una crisis de valores como nunca antes en la historia. He sido banquera por más de veinte años y todavía me tocó trabajar en Crédito, cuando los bancos prestaban sin garantías.

Recuerdo tan claro las conversaciones en los comités de crédito donde participaba, cuando se discutía un caso y se invertía más tiempo en el carácter y la calidad moral de la persona, que en su estado patrimonial o en el valor de la garantía.

Fui testigo de clientes a quienes les iba mal en un negocio, y le hacían frente a las deudas honrando su palabra, sin necesidad de juicios.

Los valores de la humanidad han venido desapareciendo; ahora todos tienen “su verdad” porque es más fácil acomodar las cosas para nuestra propia conveniencia. Parece que el lema es “el fin justifica los medios”.

Aunque tengamos la tendencia de culpar a los gobernantes por todas nuestras desgracias, antes de hacerlo, deberíamos de hacernos un autoexamen, porque los principios y valores se enseñan en la casa.

En el colegio pueden reforzarlos, pero los padres somos los responsables de formar a nuestros hijos; y la manera más poderosa de hacerlo es con nuestro propio ejemplo. El otro día me mandaron un mensaje que me pareció bueno para reflexionar sobre esto; tomo algo de ese mensaje para que nos hagamos las siguientes preguntas:

  1. ¿Alguna vez ha sobornado a un policía para que no lo multe?
  2. ¿Le compró la licencia a un hijo para evitar las clases de manejo y los exámenes en la policía?
  3. ¿Ha usado el teléfono de la oficina para hacer llamadas internacionales personales?
  4. ¿Le ha pedido a un subalterno que haga algo indebido para beneficio propio y/o de ambos?
  5. ¿Pagarle a un profesor para conseguir una buena nota para su hijo?
  6. ¿Si llaman del banco cobrando, decirle a la persona que contestó el teléfono que mienta por usted, diciendo que no está?
  7. ¿Ha pagado comisión para ser favorecido con algún negocio?

Puede que todas esas cosas nos parezcan triviales e inofensivas, pero hay un principio que dice: “El que es honrado en lo poco, también lo será en lo mucho; y el que no es íntegro en lo poco, tampoco lo será en lo mucho.” Lucas 16:10.

Regresemos a la integridad; no puede ser que esta virtud también se convierta en un recuerdo del pasado. La  forma de medir la integridad es, cómo nos comportamos cuando nadie nos ve.

Una amiga puso un mensaje el otro día que me causó mucha risa, y tenía razón: “Quisiera estar libre de pecado para tirar la primera piedra”.

La sociedad somos todos, un país lo construimos o destruimos todos, y todo comienza en la casa.

No vamos a negar que ahora la comunicación verbal en la familia es limitada, porque en un descuido, en la mesa del comedor, podemos estar todos enfocados en nuestros celulares; respondiendo los quinientos mil mensajes que entran por todos los medios.

Se nos está disipando el tiempo que necesitamos los padres con los hijos para ponerles atención, para monitorear su comportamiento, para corregirlos; y encima de eso somos mal ejemplo, aplicando la filosofía de “todo se vale” con tal de facilitarnos la vida.

Proverbios 20:7 dice: “El hombre justo no se aparta de su integridad; ¡dichosos sus hijos, que siguen sus pasos!”