• Oct. 10, 2018, media noche

En la iglesia hay un grupo de personas que mensualmente visitan la sala de hematoncología de uno de los hospitales públicos de Managua; además de llevar algunas cosas básicas, oran por los enfermos y sus familiares. Como compraron 40 libros, “El Poder del Amor, mi experiencia con el cáncer de seno”, me pidieron acompañarles para entregarlos. Acepté la invitación por compromiso, pero no quería ir. Es difícil enfrentar la tristeza de otros, además remover situaciones que viví cuando yo estaba en tratamiento de quimioterapia, y luego cuando acompañé a mi mamá en su enfermedad. Si bien le había estado pidiendo a Dios que me diera fortaleza y que me permitiera ser un instrumento de su amor, todavía antes de montarme al carro para llegar al punto de encuentro, tenía ganas de cancelar. 

El hospital era todo lo que me había imaginado. Llegamos al área donde están los pacientes cáncer recibiendo su tratamiento, y los que están en etapa avanzada y requieren de cuidados especiales. Entramos a la sala de las mujeres. El líder de la visita dijo unas palabras y me presentó; les explicó que yo había escrito un libro y que iba a compartir sobre mi experiencia. Estaba súper nerviosa, y al mismo tiempo tragando duro para contener las lágrimas. Me impactó ver a varias jovencitas con sus cabezas pelonas, delgadas y frágiles. Cuando comencé a hablar, la mayoría estaban acostadas, mirándome con ojos llenos de tristeza, desesperanza y posiblemente, en algunos casos, dolor. Comencé a hablar de mi experiencia y de lo que yo había hecho para combatir el temor y el desánimo. Compartí mi fe, hablé del amor de Jesús, de la compañía del Espíritu Santo, de lo importante que son el agradecimiento y la adoración a Dios, a pesar de las circunstancias. No pude contener las lágrimas. Cuando terminé, les pedí que repitie
ran una oración conmigo. En ese momento, ya la mayoría de ellas se habían sentado y algunas hasta puesto de pie. Fui de cama en cama entregándoles mi libro; una de ellas me dijo calladita, no sé leer….se me hizo el corazón chiquito, pero lo recibió. 

Salimos al pasillo para prepararnos para entrar a la sala de los hombres; aproveché para agarrar aire y recuperar la serenidad para seguir. Mateo 25:40 dice: Entonces el Rey (Jesús) les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, también lo hicieron por mí”. 

Entramos donde están los hombres y seguimos la misma dinámica. Cuando terminé de hablar, me llamaron a un cuartito donde estaban dos pacientes aislados. Uno de ellos era un muchacho de 19 años, estaba con su mamá. Me le acerqué para entregarle un libro, le di algunas palabras de ánimo, le tomé la mano, estaba caliente, seguro con fiebre; tenía su cabeza totalmente pelona, estaba pálido, pero con una de las sonrisas más lindas que he visto en mi vida. Miró la foto de la portada de mi libro donde estoy con mi esposo y mis tres hijos y sonrió. Le dije que Jesús lo amaba y que tuviera fe y esperanza. Me agradeció y me dijo que con la ayuda de Dios saldría adelante.  

Cuando salí del cuartito, un señor me llamó. Caminé hacia su cama; me dijo que era Testigo de Jehová, que había estado ojeando el libro y le había gustado; me pidió firmarlo. Su esposa se me acercó y me pidió tomar una foto con él. Cuando me despedí, el hombre que estaba en la cama de enfrente me llamó para pedirme lo mismo, y así cada uno me fue pidiendo firmar y tomarme una foto. 

No puedo describir con palabras lo que sentí ese día al salir del hospital. Si bien, me dolió ver tanto sufrimiento, me sentí satisfecha de haber llevado palabras de ánimo, un rayo de esperanza y un poquito de fe. No sé cuántos de ellos recibirán su milagro de vida, pero lo que sí sé es que ese día, todos sintieron el abrazo de Dios.

No se trata de nosotros, de nuestra comodidad y bienestar; se trata de compartir con otros el amor de Jesús.