• Oct. 17, 2018, media noche

Octubre es el mes del cáncer de seno y como sobreviviente, siento el compromiso de compartir mi experiencia. En el último trimestre del año 2014 estuve viajando bastante por motivos laborales; estábamos en proceso de cerrar una transacción bien grande y la carga de trabajo se aumentó considerablemente.

Como en noviembre, me sentí una pelotita en el seno izquierdo pero no le puse mente, porque en el pasado había tenido neuritis en esa área y pensé que era lo mismo.

A partir de mis 40 años comencé a hacerme mamografía y ultrasonido como parte de mis chequeos anuales, debido a que mi abuela paterna tuvo cáncer de seno y una tía del mismo lado de la familia también.

Si bien era disciplinada con los chequeos, el autoexamen nunca me lo hacía. A finales de enero del 2015, seguía en la viajadera cuando una noche, poniéndome el pijama en la habitación del hotel, me sentí la pelotita más grande y me preocupé.

Fui donde mi doctora tan pronto regresé a Nicaragua, y después de examinarme me dijo que tenía que hacerme una mamografía y ultrasonido, y que lo hiciera lo antes posible.

Cortesía/ENDSaliendo del consultorio llamé para programar los exámenes al día siguiente, sábado por la mañana, y me dijeron que no había espacio hasta lunes. Cuando llegué le conté a mi esposo lo que me había dicho la doctora, seguramente me vio la cara de terror que me abrazó especialmente amoroso, y me dijo que estuviera tranquila y esperara lo mejor; yo le digo que él tiene una fe “cara de tubo”. 

El lunes casi que amanecemos en el consultorio del radiólogo. El tumor estaba bastante superficial y lo encontró rapidito. Yo sabía que algo estaba viendo porque le daba vueltas y vueltas al ultrasonido.

No nos dijo mucho, solamente me recomendó que hablara con mi doctora inmediatamente. Saliendo del consultorio, mi doctora llamó a mi esposo y le dijo que era urgente que viera a una especialista.

Cuando nos montamos al carro los dos sabíamos que algo andaba mal, pero mi esposo, con su fe inquebrantable me dijo: todo es para bien a los que amamos al Señor, es una promesa que está en Romanos 8:28.

Ese fue nuestro lema con el que enfrentamos la batalla. Al mes del diagnóstico me sometí a una mastectomía bilateral y reconstrucción; agarrada de la mano de Jesús y confiando en su perfecta voluntad.

El tipo de cáncer que me encontraron es el más agresivo y debido al tamaño del tumor, tuve que recibir tratamiento de quimioterapia, el que inicié dos meses después de las cirujías.

Iba aterrada por todo lo que uno escucha de los efectos colaterales de la quimioterapia, pero decidí abandonarme en el amor de Dios sabiendo que Él me sostendría.  

Esos cinco meses de tratamiento han sido probablemente los más duros de mi vida, a pesar de que no sufrí todo lo que los médicos me habían pronosticado.

Un día, una amiga que iba unos meses delante de mí, me mandó una foto de ella con una nariz de payaso, mientras recibía su infusión de quimio. Le pregunté qué significaba la nariz y me dijo que la relajaba; corrí a comprar la mía y además compré una peluca de payaso, porque había altas probabilidades de que el pelo se me cayera y la necesitaría también. 

Me subí en el “barco del poder del amor de Dios”, y mi esposo, mis tres hijos, mi familia y amigos se subieron conmigo. A veces en la vida pasaremos por momentos duros, pero la actitud con la que decidamos enfrentarlos hará la diferencia entre usar el dolor para crecer y fortalecernos, o usarlo como fuente de amargura.

Hoy, tres años después les puedo decir que de esa batalla solo han salido cosas buenas, porque así trabaja Dios.

¡Al mal tiempo, una nariz de payaso!