• Oct. 24, 2018, media noche

Esta semana que pasó fui a New Orleans a visitar a mi abuelita Vida, el 24 de octubre cumple 93 años. Hago lo posible por ir a verla al menos una vez al año y cada vez que voy, me sorprende más. Le lleve un libro de regalo y unos periódicos, le encanta estar informada de todo lo que pasa en Nicaragua; de lo que hace el presidente Trump, y de los acontecimientos familiares. Tiene una mente privilegiada, sabe dónde está cada miembro de la familia y procura mantenerse al tanto de las vidas de todos. El primer día fui a su casa desde en la mañana, junto con mi tía Pastorcita, su hermana menor. Como el día estaba lindo y la temperatura fresca, salí con ellas al jardín para tomar un poco de sol, debajo de la sombra de un arbolito. 

Mientras la escuchaba hablar de todo un poco, recordar nombres de viejas amistades y hacer preguntas sobre los últimos acontecimientos de Nicaragua, se me vino un pensamiento: mi abuelita, a pesar de todo lo que ha pasado en su larga vida, ha sido una mujer feliz, porque así lo ha decidido. Durante nuestras conversaciones de estos días, observé como ella muy a menudo da gracias a Dios por todo. Me contaba que desde el mes de julio está llorando por el fallecimiento de alguien; primero por mi papá, luego por el hermano de uno de sus yernos, y recientemente por una de sus nietas. Y mientras me iba hablando de cada persona, se le salían unas lágrimas que rapidito secaba con el kleenex que siempre anda con ella. Uno de los días me sacó un álbum de fotos de mi abuelo, fotos recuperadas por su consuegro, allá por los años 80, encontradas en su casa en Nicaragua. 

A mi abuelita le han sobrado motivos por los cuales ser una mujer infeliz y hasta amargada. Perdió a su mamá cuando era jovencita; mi abuelo fue militar del gobierno de Somoza y en el año 78, cuando era embajador de Nicaragua en Guatemala, lo ametrallaron por la espalda una organización de guerrilleros de esa época. Vivió unos días, pero se complicó y falleció. En 1979, un par de meses antes del 19 de julio, tuvo que salir de Nicaragua por amenazas de muerte, dejando absolutamente todas sus pertenencias. Se estableció en los Estados Unidos donde comenzó de cero para construir una vida digna. Cabe señalar que en Nicaragua y en vida de mi abuelo, nunca tuvo que trabajar y tuvo todo lo que quiso. Pero como ella es una luchadora, aprovechando sus habilidades de costura, trabajo por muchos años en una boutique de ropa haciendo reparaciones. Hace un poco más de cuatro años, uno de sus hijos falleció de cáncer; al año siguiente yo fui diagnosticada con cáncer de seno y fue algo que la mortificó muchísimo.

Al año siguiente, mi mamá fue diagnosticada con un cáncer fulminante y falleció 5 meses después del diagnóstico. Ha sido golpe tras golpe, y con todo y la tristeza de haber perdido a dos hijos, y una nieta, más los otros eventos, ella es feliz. No guarda resentimientos contra nadie; tuvo dos yernos que fueron pésimos maridos con sus hijas. Nunca la escuché expresarse mal de ellos, a veces, contrario a nuestro propio entendimiento, decía que les tenía cariño y se acordaba de las cosas buenas, no de lo negativo.

Sin duda la filosofía de vida de mi abuelita ha sido lo que dice Romanos 12:12: “Alégrense en la esperanza, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración.”

Cada vez que me despido de ella me parece que será la última vez. Así ha sido por muchos años. No sé cuánto tiempo más El Señor nos la va a prestar, pero si les digo que aun cuando ella ya no esté, su ejemplo de mujer de fe, valiente, tenaz, amorosa y positiva siempre será una luz para mi vida.