• Oct. 31, 2018, media noche

Siempre que voy a New Orleans es inevitable recordar todo lo que viví hace tres años y medio, cuando estuve en el tratamiento de quimioterapia por cáncer de seno.

Mis primos, Martin y Judi, fueron lo suficientemente valientes para abrirme las puertas de su casa durante casi cinco meses. Digo valientes, porque no es cualquiera que está dispuesto a tomar una responsabilidad como esa; la quimioterapia puede tener efectos colaterales muy severos, de hecho hay personas que no la resisten.

No sé si ellos pensaron en todas las repercusiones de tenerme en su casa, de la carga emocional que eso traería a su hogar, adicional a lo que implica tener a dos huéspedes por tanto tiempo. Nuevamente, les agradezco infinitamente por ese inmenso gesto de amor.

Cortesía/END

Martin es hijo de mi tía Pastorcita, la hermana menor de mi abuelita. Mientras vivieron en Nicaragua, él y sus hermanos eran de esos primos con los que compartes vacaciones y te ves con mucha frecuencia. Recuerdo que ir a la casa de mi tía era algo que mis hermanos y yo esperábamos con ilusión.

Ellos, como muchos, tuvieron que salir de Nicaragua en 1979, dejando todas sus pertenencias para comenzar de cero. Cuando yo salí de Nicaragua viví unos meses en su casa, junto a mi hermano Carlos.

Mis tíos se convirtieron en los padres que habíamos dejado atrás; y sus hijos, Martin, Vanessa y Wernner en nuestros hermanos. Mi tía Pastorcita ha sido parte de mi vida desde que tengo uso de razón.

Es una mujer linda, pero lo más precioso que tiene es su corazón. Nunca la he visto alterada y en su vida le han sobrado motivos para estarlo. Siempre está sonriente, tranquila, agradecida con Dios y con su vida, a pesar de todo lo que le ha tocado enfrentar. Tiene la costumbre de tararear bajito una canción que no sé si es la misma siempre. 

Comparto esta historia porque cuando estaba en el tratamiento, algunas veces, un par de días después de recibir la quimio, me sentía tan mal que el ánimo se me caía completamente y me daba por llorar. Mi pobre mamá a veces no sabía qué hacer por mí para hacerme sentir mejor, entonces yo le pedía que llamara a mi tía Pastorcita.

No importaba la hora, mi tía llegaba y me decía: mi muchachita, ¿qué te pasó, qué sentís? No podía darle ninguna respuesta porque simplemente no sabía, pero ella se acercaba, me abrazaba, tarareaba su cancioncita y al rato me iba sintiendo mejor, hasta que terminábamos las tres riéndonos de cualquier cosa. Esto se repitió muchas veces mientras estuve allá.

En algunas de mis columnas anteriores he compartido lo que significó para mí vivir una experiencia de cáncer y todo lo bueno que trajo a mi vida; una de esas cosas fue aprender lo que significa la presencia de Dios. En los momentos más difíciles del tratamiento, cuando ni yo misma podía describir lo que sentía, cerraba mis ojos y buscaba su presencia.

Así como le pedía a mi mamá que llamara a mi tía Pastorcita, porque solo el hecho de ella estar ahí me traía una gran paz y consuelo, de la misma manera buscaba la presencia de Dios en todo momento; en mi libro la describí como el abrazo de Dios. Su presencia es un abrazo que recibimos cuando le buscamos; es dejarnos envolver en su amor y eso no requiere ningún esfuerzo. Solo es llamarlo, como yo llamaba a mi tía Pastorcita.

Aprendí a buscarlo sin complicaciones. A veces estoy en mi oficina y algo sucede o algún pensamiento de temor quiere apoderarse de mí; cierro la puerta, me volteo hacia un ventanal que da al jardín, cierro los ojos y me dejo abrazar por Dios. 

Encontré este pasaje que quiero compartirles, está en Jeremías 12:12-13: “Entonces ustedes me pedirán en oración que los ayude y yo atenderé sus peticiones. Cuando ustedes me busquen, me hallarán, si me buscan de todo corazón“.  

En todo tiempo, basta con su presencia.