• Oct. 31, 2018, media noche

Estimado lector, recientemente varios amigos me han preguntado, ¿“Noel, cómo analizás vos el presupuesto nacional de la República?” y para darle respuesta a estos queridos amigos, en esta oportunidad deseo compartir con usted mis reflexiones y experiencias sobre este tema, especialmente después de haber estado 5 años al frente de un banco central y haber tenido la responsabilidad de haber negociado durante cada uno de ellos, la política económica con el Fondo Monetario por un lado, y con el presidente de la República por el otro y sin olvidar al ministro de Hacienda, que cuando no lo tenés de tu lado te echa a perder todo. 

En primer lugar, recordemos que el presupuesto nacional de la República es, a mi juicio, la ley más importante que la asamblea legislativa aprueba cada año, ya que, en buena parte, de su forma de financiarlo depende la estabilidad financiera de la economía y en él se reflejan las verdaderas prioridades del Gobierno.   

En segundo lugar, recordemos que el presupuesto lo elabora el Poder Ejecutivo por medio del ministerio de Hacienda, que luego es aprobado por el poder Legislativo, el cual sin alterar el techo del gasto, puede modificar sus partidas presupuestarias y cuya ejecución, realizada bajo la coordinación del ministerio de Hacienda, luego es supervisada por la misma Asamblea Nacional y por la entidad contralora.

Al analizar el presupuesto nacional y dado que mientras estuve al frente del Banco Central siempre tuvimos un programa con el Fondo Monetario, el cual nos permitió conseguir la condonación de la deuda externa y tener acceso a la cooperación internacional en términos concesionales, lo primero que yo hacía era asegurarme que el mismo fuera consistente con el programa económico que ya habíamos negociado con el fondo y, especialmente, que fuera consistente con la meta de reservas internacionales que habíamos establecido en dicho acuerdo.  

Por ello, el Fondo Monetario, para mí, fue mi mejor aliado, ya que, cuando lográbamos detectar que la ejecución del presupuesto se podía desviar de lo establecido en el programa, visitaba al presidente de la República, acompañado del representante del fondo, y le hacía ver el costo que pagaría el país si se continuaba por ese camino, pero antes de la reunión preparaba muy bien al representante del fondo para que ejecutara bien su papel. 

Y si no hubiera tenido, como marco de referencia, un acuerdo con el fondo, lo primero hubiera sido asegurarme que el presupuesto fuera consistente con una meta de reservas internacionales que, a mi juicio, garantizara la estabilidad monetaria del país y así poder cumplir con la política cambiaria que habíamos anunciado y que servía de “ancla” para manejar las expectativas de los agentes económicos, ya que esa era mi responsabilidad fundamental. 

Pero lo que hacía más interesante y retador este papel era el hecho que las reservas internacionales no eran del Banco Central, sino que la mayoría era propiedad del gobierno central y la ley no obligaba al Gobierno a mantener sus recursos en el Banco Central.  ¡Era un reto interesantísimo!

Por otro lado, recordemos que, independientemente de lo que diga públicamente el Fondo Monetario, en última instancia, lo que le interesa es contribuir a garantizar la estabilidad monetaria, asegurándose que el déficit fiscal sea manejable para el tamaño de la economía y que sea sanamente financiado. Esto me ayudó mucho a poder persuadir la mayoría de las veces al presidente de la República. 

Pero también recordemos que, aunque el fondo realmente no te proporciona recursos, si te ayuda a obtener los recursos necesarios para financiar el programa económico que has negociado con él y, por lo tanto, es una carta de garantía de que las políticas económicas serán adecuadas para garantizar la estabilidad monetaria y que los recursos para financiar el presupuesto también estarán básicamente garantizados.

 Esa es la pequeña gran diferencia entre tener un acuerdo con el fondo y no tenerlo.  El fondo no solo me abría las puertas para obtener los recursos, sino que me aseguraba los fondos.

Superada esta primera etapa, procedía analizar los supuestos clave para el cumplimiento del presupuesto y asegurarme que fueran realistas.  Y entre otros, estos supuestos eran los siguientes:

Primero, el crecimiento esperado de la economía en términos nominales, que siempre será una proyección, ya que de él dependería el nivel de recaudación tributaria, pues, en ausencia de una reforma fiscal, la carga tributaria; es decir, la relación impuestos/PIB, se mantiene relativamente constante.

 Sin embargo, uno de los errores más comunes que se comete en este sentido es incrementar sustancialmente el nivel del gasto público, suponiendo que lo vamos a financiar con una reforma fiscal, pero normalmente lo que ocurre es que es más fácil que cumplamos con el presupuesto de gastos que con el de los ingresos tributarios.  Por ello un buen equipo económico debe estar muy pendiente de cualquier desvío en este sentido, para tomar las medidas correctivas y teniendo muy presente que la variable del gasto es mucho más controlable que la del nivel de recaudación.

Y segundo, el nivel esperado de las donaciones y el financiamiento externo público neto; es decir, los ingresos menos el servicio de la deuda pública externa, que incluye los abonos al principal más los intereses anuales.  Con ninguna de las variables que hemos mencionado podemos cometer “el error de la lechera”, pero debemos tener un especial cuidado con esta última variable.  Y aquí es donde un programa con el Fondo Monetario hace la gran diferencia, ya que como hemos dicho, cuando existe un programa el fondo te ayuda a garantizar dichos recursos.  

Finalmente, recordemos que cualquier desvío negativo en cualquiera de estas variables, representará un mayor déficit presupuestario o un déficit no financiado, que si no actuamos con rapidez, tendrá que ser financiado con recursos “internos”, ya sea limitándole los recursos al sector privado, reduciendo las reservas internacionales o creando un proceso inflacionario.   

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