• Nov. 7, 2018, media noche

El viernes pasado nuestro hijo, Andrés, cumplió 24 años y mi esposo y yo viajamos para estar con él unos días; teníamos como cinco años de no pasarla juntos. El día de su cumpleaños fuimos a jugar boliche con tres amigos, dos de ellos han sido de sus mejores amigos desde que estaba en primaria.

Como éramos seis propuse que sería divertido hacer dos equipos, uno de mi esposo y otro mío, y así lo rifamos. Nosotros teníamos años de no jugar, eso le pondría más emoción a la actividad. Antes de comenzar, Melanie, le dijo a mi esposo que iban a perder, en mi equipo quedaron los dos deportistas; ella, y de esto no me di cuenta hasta el siguiente día, pensó que yo era buena; no sé de dónde sacó esa idea, entonces estaba intimidada por nuestro equipo.  Mi esposo es bien positivo y siempre espera lo mejor, entonces antes de que se desanimara más, le dijo que pensara positivamente e hiciera su mejor esfuerzo.

El juego comenzó, la primera línea la ganamos nosotros, a pesar de que yo resulté ser la más “maleta” de los seis, lo cual creo que a Melanie le ayudó  a ganar confianza y comenzó a jugar mejor. Andrés y Tomás me animaban cada vez que hacía un tiro, aunque la pelota se fuera por el canal. Al final mi equipo perdió, pero nos reímos un montón. 

Mientras esperaba mi turno observaba las risas, las bromas y la paciencia de mi esposo enseñándole a sus dos compañeros como mejorar sus tiros, y no pude evitar reflexionar sobre tres cosas importantes que he aprendido en mi vida:

1 El tiempo pasa demasiado rápido. Debemos de buscar y atesorar los momentos que podamos compartir con nuestros hijos. Hacíamos cuentas ese día que cuando nuestro hijo mayor cumplió 10 años, su piñata fue en un boliche, esa fue la última vez que mi esposo y yo jugamos, y ahora estábamos ahí celebrando los 24 años de nuestro segundo hijo.

2 He escrito bastante sobre la fe y el positivismo de mi esposo, y una de las cosas que más aprecio de su labor como padre, es el haberles inculcado lo importante de esperar lo mejor, de ser positivo, de no rendirse ante las adversidades; pero sobre todo, de hacer el mejor esfuerzo siempre. Y ahí estaba otra vez, animando a sus compañeros como si fueran sus propios hijos, dándoles palabras de afirmación, motivándoles para hacerlo mejor en el turno siguiente, celebrando sus victorias, y todo eso produjo que mejoraran su actitud y su técnica de juego. El amor a los  hijos se demuestra de diferentes maneras, sin embargo, el estar constantemente pendientes de sus vidas, de su ánimo, de sus actitudes, es una inversión valiosa en su desarrollo como seres humanos.  

3 La amistad es un regalo de Dios. Me conmovió ver a Melanie y a Tomás esa noche, recordarlos cuando estaban pequeños y llegaban a nuestra casa… la risa burlesca de Tomás hoy es la misma que cuando tenía 14 años. Ambos estudian medicina y están por tomar un examen esta semana, pero sacaron tiempo para estar un rato con su amigo. La amistad verdadera trasciende fronteras, pero está en nosotros cultivarla, demostrar cuánto amamos y apreciamos a nuestros amigos. A nuestros hijos les hemos dicho que los amigos se cuentan con los dedos de una mano, esa noche sentí que estaban “dos dedos” de la mano de Andrés ahí. Proverbios 18:24 dice: “Hay amigos que llevan a la ruina, y hay amigos más fieles que un hermano.” 

Solo fueron tres días los que pasamos con Andrés, sin embargo, gozamos mucho cada momento. Antes hubiera pasado más tiempo pensando que eran muy pocos días, no obstante, si algo he aprendido en los últimos años es que cada momento que Dios nos regala, hay que vivirlo con gratitud.