• Nov. 14, 2018, media noche

Últimamente no sé porqué me he topado con personas que no agradecen cuando alguien les hace un favor o les regalan algo. Ser agradecidos cuando recibimos algo de alguien no es solamente educación básica, sino también es una actitud con la que deberíamos de vivir. Mi esposo y yo hemos sido muy enfáticos con nuestros hijos respecto al agradecimiento.

Lógicamente, desde muy pequeños les enseñamos  a decir gracias cuando recibían algo de parte de alguien, y en la medida que fueron creciendo les fuimos explicando el valor de ser agradecidos con las personas que les apoyaban: un profesor, un entrenador, un compañero de clase, la señora que nos ayuda en la casa, etc.

Cuando se fueron a estudiar fuera del país, y si en la fecha de cumpleaños sus abuelos o tíos les mandaban algo de regalo, ahí andaba yo detrás averiguando si habían mandado mensajes de agradecimiento; a tal punto que antes de yo preguntarles ya me decían: “mi abuela me mandó dinero y ya le agradecí…….”

Durante nuestras interminables conversaciones alrededor de la mesa del comedor, cuando estamos juntos, difícilmente el tema de la gratitud no sale a colación. Para mi esposo y para mí la gratitud se ha convertido en una forma de vida; y sin temor a equivocarme, para nuestros hijos también. 

Cuando nuestro hijo Alejandro se graduó de la universidad, tuvimos la oportunidad de estar presentes en la ceremonia, donde una de las personalidades invitadas a pronunciar un discurso fue Dee Dee Bridgewater, una reconocida cantante de jazz.

Sus palabras fueron inspiradoras y llenas de consejos sabios; hacia el final del discurso dijo que tenía que reiterar la importancia de ser agradecidos con las personas que habían contribuido para que estudiaran en la universidad; profesores, mentores, fundaciones que habían otorgado becas, sus padres, etc.

Dijo que a ella le habían enseñado a escribir cartas de agradecimiento a mano y que les invitaba a hacer lo mismo, a comprar tarjetitas y enviarlas; insistió en no mandar correos electrónicos ni mensajes de texto, sino, escribir o llamar por teléfono.

 Cuando la escuché decir eso, solo me reí porque yo había comprado una caja de tarjetas de agradecimiento para que Alejandro las enviara con una foto de graduación a cada persona que contribuyó para que pudiera estudiar y graduarse de una universidad tan competitiva como Berklee.

Unos días después, escribió las notas de agradecimiento comenzando por su primer profesor de batería cuando tenía 10 años y así fue incluyendo a cada persona que de una forma u otra lo había apoyado y motivado. Mi esposo y yo también mandamos tarjetas de agradecimiento a personas que nos apoyaron. 

Hay gente a nuestro alrededor que hacen muchas cosas por nosotros, más allá de lo que deberían. Puede ser un jefe, un colega o subordinados, un socio, nuestro cónyuge, amigos, hermanos, padres, etc. ¿Cada cuánto nos detenemos para agradecerles? ¿Cuándo fue la última vez que mandamos una notita escrita a mano? Seguro que no lo hacemos muy a menudo.

Hay una historia en Lucas 17:11-19 que me impactó muchísimo cuando la leí; es sobre 10 leprosos que venían entrando al pueblo donde estaba Jesús y cuando lo vieron le pidieron que tuviera compasión de ellos. Jesús les dijo que se presentaran ante los sacerdotes y mientras caminaban quedaron limpios de lepra, pero solo uno de ellos regresó a darle las gracias. 

Estoy consciente de que me falta agradecerle a mi esposo por los pequeños detalles, lo hago cuando me acuerdo, pero no lo suficiente. A veces se nos pasa la vida tan rápido que no nos detenemos para reconocer lo que hacen otros por nosotros. ¿Cada cuánto le damos gracias a Dios por cosas que las damos por hecho, como es poder levantarnos de nuestra cama cada día?

Siempre seremos felices si tenemos un corazón agradecido.