• Nov. 20, 2018, 7 p.m.

El otro día, platicando con un colega banquero que se dio cuenta que mi libro, “El Poder del Amor, mi experiencia con el cáncer de seno”, traducido al inglés como “The Power of Love: My victory over breast cancer”, recibió el primer lugar en la categoría de autoayuda de los premios “International Latino Book Awards” en septiembre pasado, me decía que por qué no escribía novelas en vez de escribir sobre vivencias personales. Su punto era que las novelas venden mucho más que los libros de autoayuda. Le dije que escribir para mí era un llamado y que lo hacía no para ganar fama o volverme rica vendiendo libros, sino, porque Dios había puesto en mi corazón compartir experiencias de mi caminar con Él, con las personas que necesitaran una palabra de aliento, un consejo práctico, una reflexión, esperanza. 

He tenido la dicha que tanto mi esposo como mis tres hijos me han apoyado todo el tiempo; sin ellos de acuerdo, no podría ilustrar mis escritos con situaciones que hemos atravesado juntos o individualmente. No ha habido vez que le haya pedido autorización a alguno de ellos de compartir alguna experiencia específica, por más penosa que sea, donde me hayan dicho que no. Una de mis primeras columnas fue “Los frutos de la excelencia y de recorrer el kilómetro extra”, donde agregué una foto de nuestro hijo Alejandro limpiando un inodoro. La foto se la tomó él mismo y nos la mandó hace tiempo; y cuando escribí la columna poniendo de ejemplo una vez que le tocó limpiar inodoros, en una pasantía que hizo recién graduado de la universidad, me acordé de la foto y sentí que era importante ponerla en la columna. Cuando le pregunté si podía, al principio me dijo que no, que sus amigos lo iban a acabar, pero rápidamente cambió de opinión. Llegado el día de la publicación, corrí a revisar la versión impresa del periódico y 
ahí estaba Alejandro con el inodoro. Cuando la vio se puso rojo, riéndose con nerviosismo. Ya era muy tarde, el periódico estaba quién sabe en manos de cuánta gente. Cuando subimos la columna a la página de Facebook de El Poder del Amor, se obtuvieron miles de “likes” y la columna fue compartida por decenas de personas. ¿Cómo no voy a estar agradecida con mi hijo por aceptar publicar esa foto arriesgándose a ser objeto de burla? Pero ellos saben que esto lo hago por los demás, a pesar de que muchas veces lo que he escrito, me ha ayudado a superar alguna circunstancia que estoy viviendo en el momento.

Estoy convencida que todos tenemos un llamado y la única manera de descubrirlo es preguntándole al que lo puso en nuestro corazón, Dios. En mi caso, este llamado lo descubrí cuando atravesé la prueba más grande de mi vida, una experiencia de cáncer. Cuando estamos en el “desierto” (sufrimientos, pruebas de fe, etc.) es cuando más podemos aprender y recibir guía de Dios, siempre y cuando nos dispongamos a enfrentar ese desierto con fe y esperanza, no con dolor y amargura. Juan 15:16 dice: “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto que perdure. Así el padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre.”

El llamado y los talentos que hemos recibido de parte de Dios están íntimamente ligados y son irrevocables. Yo siempre pensé que mi talento musical, el cual descubrí cuando tenía alrededor de 9 años y que luego empaqué para nunca jamás utilizarlo, era lo mío; sin embargo, cuando decidí escribir un libro sobre mi experiencia con el cáncer, me di cuenta que debía seguir escribiendo. No sé si en el camino también voy a desempacar la música otra vez, pero por lo pronto seguiré compartiendo mis experiencias de vida con las personas que quieran leerlas.