• Nov. 21, 2018, media noche

Estimado lector, recientemente don Douglas Carcache, subdirector de El Nuevo Diario me invito a almorzar con su equipo trabajo, para conversar sobre la situación económica del país y qué podíamos esperar en el futuro, a corto y a mediano plazo.  Acepté la invitación porque, además del aprecio que le tengo a don Douglas, he observado que su equipo de periodistas, es profesional y sabe diferenciar lo que es una “noticia” o reportaje, el cual debe estar apegado a los hechos que se relatan, y un “editorial”, donde puedes legítimamente, “llevar agua a tu molino”.  Esta diferencia es fundamental, pero no siempre es respetada. 

Debido a lo interesante de la conversación, producto de las preguntas que me planteaban, y ya que nada era confidencial, deseo compartir con usted los aspectos más interesantes de dicha conversación.

Lo primero que dejamos en claro fue que la economía no es una ciencia exacta, mecánica, cuyas perspectivas no se pueden elaborar recurriendo a una “regla de tres” o a una simple “extrapolación”.  Y esto es así porque los resultados económicos dependen de las decisiones de los agentes económicos y de las decisiones de las autoridades económicas, que somos seres humanos, pero también dependen de lo que ocurra en el entorno político del país y de los “choques externos” que se pueden presentar a nivel internacional.  Pero no solo eso, sino que las decisiones de los agentes económicos pueden ser racionales o irracionales, pasando por el pánico y la avaricia y ampliando la “volatilidad” de los movimientos de corto plazo en torno a las tendencias que pueda presentar la economía nacional.

También les dije, en respuesta a una de sus preguntas, que para reducir o eliminar la incertidumbre, los agentes económicos requieren información oportuna y creíble y una política económica estable y consistente.  Que en este sentido, las sorpresas no contribuyen a generar confianza. 

A mis amigos les explique que nunca he tomado una decisión de política económica ni elaborado un escenario de futuro, basándome en lo que los “expertos” llaman la econometría, la cual a mí solo me sirvió para aprobar un examen para obtener mi PhD. 

También les explique que la economía siempre presentara una “tendencia” de corto y mediano plazo, tanto cuando está creciendo, como cuando está decreciendo.  Pero que esa tendencia puede cambiar rápidamente debido a decisiones de política económica, si la tendencia es causada por problemas económicos, o por decisiones políticas, si la causa de dicha tendencia es de origen político.

Y tan bien les recordé que una proyección o perspectiva económica, para que tenga validez y sea útil, debe tener un plazo de tiempo para cumplirse y su planteamiento no puede ser ambiguo; aunque reconozco que nosotros los economistas, como realmente nunca sabemos lo que ocurrirá en el futuro y solo somos muy buenos a explicar por qué algo ocurrió, pero solo una vez que ha ocurrido, casi siempre somos ambiguos y no establecemos plazo para el cumplimiento de nuestras “profecías”.

Por ejemplo, en el 2010 un grupo selecto de renombrados economistas norteamericanos le enviaron una carta pública a Ben Bernanke, presidente en ese entonces de la reserva federal, en el que le decían que si continuaba incrementando la liquidez para comprar títulos a las empresas que estaban en problema, “existía un riesgo de que el dólar perdiera su valor y la inflación aumentara de forma importante”.  Al final, aunque nada de esto ocurrió, nadie pudo decir que esos “expertos” fallaron en sus pronósticos, ya que fueron extremadamente vagos y no establecieron plazo alguno.  Sin embargo, estoy seguro que muchos agentes económicos creyeron ver una gran certeza en dicho planteamiento y tomaron decisiones en base al mismo.

Otro ejemplo, cuando en abril de 1979 el Banco Central de Nicaragua devaluó la moneda, si simplemente hubiéramos extrapolado el déficit fiscal del primer trimestre, la devaluación requerida para enfrentar dicha situación hubiera sido tres o cuatro veces más de lo que fue, pero fue mucho menor ya que junto a la devaluación, se le estableció un impuesto a las exportaciones que para financiar el déficit fiscal y así reducir su impacto negativo en las reservas internacionales, ya que para entonces la fuga de capitales no era tan importante , pues prácticamente todo el que había deseado fugar capital ya lo había hecho.  Posteriormente escribí un caso sobre esta experiencia para mostrarle a mis alumnos el “porqué” las simples extrapolaciones no son buenas consejeras y para que nunca lo olvidaran, muchas veces se los daba como examen final.

Y un tercer ejemplo, a finales de los 80 o inicios de los 90, viaje a El Salvador para impartir un seminario sobre las perspectivas económicas de ese país y el tema crucial del análisis estaba vinculado al hecho que el café, que en ese entonces era la piedra angular de las exportaciones y de la economía de ese país, ya no era rentable.  Por lo tanto, para mí las opciones eran reducirle los impuestos a esa actividad productiva, ajustar la tasa de cambio, o cruzar los dedos y esperar que subiera sustancialmente el precio del café en los mercados internacionales.  A mí me preocupaba mucho esa coyuntura, ya que tenía y tengo excelentes amigos en el sector empresarial de ese hermano país y con mis planteamientos quedaría muy bien con los cafetaleros, pero muy mal con los importadores y los asalariados, a pesar que si no se tomaba alguna decisión, la producción caería y el desempleo aumentaría sustancialmente.  Milagrosamente, ese día, el precio del café subió sustancialmente, porque las heladas del Brasil, habían 
afectado muy seriamente a la producción exportable de ese país y yo logré mantener a todas mis amistades.  ¡Ningún modelo econométrico hubiera pronosticando ese escenario!

Le menciono estos tres ejemplos, para que vea por qué le digo que las proyecciones macroeconómicas no se pueden hacer con una “regla de tres”.  Y esto es cierto aunque los economistas vivamos de “supuestos”, lo cual si vamos a los extremos y queremos “llevar agua a nuestro molino”, podemos construir el escenario que deseemos.  ¿“Señor asesor, cual será la inflación dentro seis meses? ¡La que usted ordene!”

Por eso al final del almuerzo, algunos de mis amigos quedaron un poco decepcionados cuando yo les decía que si bien era cierto que en este momento había una clara “tendencia”, que yo no sabía con exactitud cuándo habría un “punto de inflexión”, para bien o para mal. Y como yo noté que no los convencía, ya que algunos realmente creían que yo si sabía lo que pasaría y cuando pasaría, ya que después de todo poseía un doctorado economía y había sido presidente del Banco Central, en situaciones muy difíciles, al despedirme les dije “off the record”, que si querían tener éxito en pronosticar lo que ocurriría con la economía nacional debían estar muy atentos a lo que continuara ocurriendo, pero que supieran discriminar entre la enorme cantidad de información y opiniones que se empezarían a multiplicar y que a las variables a las que tenían que darle seguimiento eran las Reservas Internacionales Brutas, el déficit del sector público, el comportamiento de los depósitos en el sistema bancario y el flujo neto de coopera
ción externa, y que si hacían bien su trabajo investigativo, ellos estarían mucho mejor informados que yo y los invitaría para que me contaran “off the record” lo que pasaría. 


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