• Dic. 5, 2018, media noche

Esta semana que pasó salí de mi casa el lunes y regresé el sábado en la mañana; tuve un viaje de trabajo para atender varios asuntos. Fueron días muy intensos, largas horas de actividad. Le contaba a mi esposo que el miércoles me desperté en la habitación de un hotel, con una tristeza muy extraña. Me levanté de la cama para iniciar mi rutina matutina, pero me sentía muy desanimada. Me detuve un momento para hacer una revisión mental y tratar de encontrar la causa de mi tristeza, pero fue inútil. Tomé mi IPad y me puse a escuchar alabanzas antes de comenzar mi devocional. En mi oración, le pedí al Señor que trajera gozo a mi corazón, que me quitara la congoja que sentía, que me diera energía. Poco a poco me fui sintiendo mejor, hasta que agarré vuelo para alistarme y salir de mi habitación para enfrentar el día. Le comenté a mi esposo que me había pasado eso y me dijo que justamente ese día, a él le pasó lo mismo. Igual que yo, buscó lo que necesitaba donde debía hacerlo.

Durante el fin de semana me encontré un libro y me puse a ojearlo, y en una de sus páginas decía que el cansancio y la fatiga es la segunda causa de la depresión en las mujeres. Me parece que la tristeza que sentí ese día simplemente fue un gran cansancio. Con tantas horas de trabajo y durmiendo fuera de la casa, uno no descansa igual. Yo sufro cuando me salgo de mi rutina; extraño mis ejercicios en la mañanita, la comida casera, mi cama y mis almohadas y por supuesto, a mi “media naranja”. Si bien tratamos de hablar todas las noches, a veces no podemos porque yo me desocupo muy tarde.

Después de esas semanas intensas de trabajo, lo que yo quisiera son tres días sin salir de una cabaña en una montaña, donde no haya señal de celular; sin embargo, la realidad es otra, entonces tengo que buscar la mejor forma de atender mis pendientes personales y encontrar un tiempo para desconectarme. Le doy gracias a Dios por el esposo que tengo porque busca como hacer mi carga más liviana y me comprende cuando hay fines de semanas que no quiero salir más que a la iglesia el domingo.  No obstante, hay otros donde no puedo bajar las mil revoluciones que traigo, sin embargo, el cuerpo me pega cuatro gritos y me obliga a hacer una pausa. Mi mamá me decía: “tenés que hacerle caso al cuerpo”.

Hay que bajar el gas. La vida no solo es trabajar (el comal le dice a la olla)…..la verdad es que me estoy autoterapeando mientras escribo esta columna.

Tenemos que “bajarnos del mundo” de vez en cuando y disfrutar de la vida que Dios nos ha regalado: la compañía de la familia, de los amigos, una caminata después de cena, una salida fuera de la ciudad, aunque no nos bajemos del carro; una buena película, leer un libro que renueve nuestra mente, escuchar música con buenos mensajes, y de vez en cuando, dentro de nuestras posibilidades, tomarnos unas vacaciones y desconectarnos.

Me quedan dos semanas muy intensas de trabajo antes de Navidad, pero tengo la ilusión que pasaremos unos días con nuestros hijos antes de finalizar el año. A pesar de lo duro que ha sido el 2018, Dios ha sido nuestra fuente de descanso emocional, mental, físico y espiritual. El Salmo 23 es uno de mis favoritos y sus versículos 1 y 2 dicen: “El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes pastos me hace descansar. Junto a tranquilas aguas me conduce.”