• Dic. 12, 2018, media noche

Este fin de semana que pasó, se me vinieron recuerdos de cuando nuestros hijos eran niños y solíamos salir de la ciudad a conocer lugares. Nuestro vehículo no tenía DVD para que los niños vieran películas y no molestaran durante el camino; tampoco existían los iPad, aunque igual, nunca fuimos de los padres que entretienen a sus hijos con aparatos electrónicos, entonces tocaba inventar cualquier cosa para mantenerlos ocupados.

Si los viajes eran lejos, en el mejor de los casos, se dormían una buena parte, pero no siempre éramos tan afortunados. Cuando agotábamos las estrategias como compartir historias, contar los carros de cierto color o los postes a la orilla de la carretera, comenzaba alguno a molestar al que tenía al lado.

Me atrevería a decir que la mayoría de las veces, el que comenzaba era Andrés y generalmente era a Sebastián, el menor de los tres; que además perdía la paciencia con mucha facilidad, y eso a Andrés le parecía divertido. Claro está que Alejandro, el mayor, a veces era el autor intelectua
l de las fechorías que le hacían a Sebastián. Déjenme decirles que cuando mis hijos tenían 4, 7 y 9 años, casi me declaro “madre incompetente”. 

Cuando estaba chavala una vez fui a la casa de una amiga, y mientras nosotras jugábamos en su habitación, comenzamos a escuchar gritos y puertas que se cerraban violentamente; salimos a ver qué era y vimos a sus hermanos mayores agarrándose a los golpes, uno de ellos con sangre en la cara. Nos volvimos a meter a su habitación hasta que llegó alguien a separarlos.

Nunca más regresé a esa casa y nunca se me olvida ese episodio. Si algo yo temía cuando mis hijos se peleaban, era presenciar una escena como la que viví en la casa de mi amiga.

Tanto mi esposo como yo, siempre fomentamos el amor entre ellos. Si bien era inevitable que se pelearan, todo el tiempo buscamos qué hacer para llevarlos a la reflexión y detener los pleitos antes de que se salieran de las manos.

Un dicho que nos acompañó todo el tiempo fue “Juego de manos es de villanos”, porque muchas veces las “batallas campales” comenzaban con un juego de manos. En la medida que fueron madurando, aprendieron a manejar sus conflictos. 

Hace un tiempo leí un artículo del Dr. James Dobson, director del programa Enfoque a la Familia y autor de numerosos libros sobre la educación de los hijos. En él decía que hay tres cosas que los padres debemos hacer para fomentar el amor entre los hermanos:

1- Enseñarles a respetarse. Los insultos y los golpes llegan directo al corazón, y van creando rencores y resentimientos entre ellos. Hay que estar atentos para corregirlos y llevarlos al perdón. 

2- NO a las comparaciones. A veces no lo haremos nosotros los padres, pero sí los abuelos, tíos, profesores, etc. Hay que estar pendientes de estas situaciones para abordarlas de inmediato. No hay nada más dañino que las comparaciones entre los hermanos y/o el favoritismo.

3- Enseñarles a resolver sus conflictos de forma civilizada; cuando están pequeños, puede que no identifiquen lo que están sintiendo que les provoca pelear con sus hermanos. Un ejemplo clásico es cuando uno cumple años y recibe regalos, y los otros no. Hay que explicarles que cada uno tendrá su turno. Nuestros hijos encontraron una manera de resolver este conflicto: antes de comenzar a abrir los regalos,  le pedían a sus hermanos que les ayudaran; eso reducía los “ataques de envidia”.

Está en los padres fomentar el amor y el respeto entre nuestros hijos, dándoles el ejemplo. Si los cónyuges nos faltamos el respeto, ¿qué podemos esperar de la relación entre ellos? 

Una de las cosas que les hemos repetido a nuestros hijos desde niños, es que los hermanos siempre deben estar para ellos, en las buenas y en las malas. Como dice Proverbios 17:17, “En todo tiempo ama el amigo; para ayudar en la adversidad nació el hermano.”