• 2018-12-26

En el mensaje de felicitaciones que recibí de un amigo me decía que hoy (24 de diciembre), no sabía cómo celebrar. Como no entenderlo si nosotros mismos que tuvimos la oportunidad de reunirnos con nuestros hijos, no hemos dejado de pensar en las personas que hoy lloran a los ausentes. Este año ha sido muy difícil para muchos, y si bien algunos hemos tenido el privilegio de poder abrazar a nuestros hijos, y compartir una cena donde hemos agradecido a Dios por habernos dado el mejor regalo, su hijo Jesús; otros no tuvieron esa posibilidad.

Mientras compartíamos en familia se me vinieron a la mente algunos versículos del capítulo 3 de Eclesiastés, los cuales quiero compartirles a continuación: “Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar; ......un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para estar de luto, y un tiempo para saltar de gusto; ...........un tiempo para la guerra, y un tiempo para la paz.”

Durante los últimos ocho meses hemos experimentado tiempos de oscuridad, de muerte y de dolor, pero Dios ha escuchado nuestras oraciones aunque a veces parezca lo contrario; Él ha enjugado las lágrimas de los que han perdido a sus hijos, ha puesto fortaleza en los corazones de los privados de libertad y sus familias, ha protegido a los que huyen. Él siempre ha estado con los que sufren. Sus tiempos no son los nuestros, pero su voluntad es perfecta.

No tengo más palabras, sólo queremos compartir nuestra fe una vez más. A pesar de la tristeza, de la frustración, del miedo, de la ira, y de la desesperanza, queremos invitarlos a creer que vienen tiempos mejores: tiempo de sanar corazones, tiempo de abrazar a los que obtienen su libertad, tiempo de esperar a los que regresan, tiempo de levantar los negocios que cayeron, tiempo de encontrar el trabajo perdido, tiempo de perdonar, aunque en lo humano parezca imposible.

Como dice 2 Corintios 4.7-10: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que se vea que la excelencia del poder es de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no destruidos; siempre llevamos en el cuerpo, y por todas partes, la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros.

Porque vivimos por la fe, es tiempo de poner a Jesús primero para poder reconstruir una nación abatida.