• Ene. 2, 2019, medianoche

En un mensaje de felicitación que recibí, decía que el inicio de un nuevo año es similar a un libro con 365 páginas en blanco, donde tenemos la oportunidad de escribir nuestra historia.

Habrá capítulos de cosas positivas, pero también habrá otros llenos de dolor. Mi esposo, mis tres hijos y yo tenemos una tradición familiar cada diciembre; desayunamos en un lugar que nos gusta y conversamos sobre lo que aprendimos del año que termina y de las resoluciones y las metas del año que inicia.

Esta vez nos acompañó un sobrino muy querido que pasó la Navidad con nosotros. Para iniciar les hice esta pregunta: ¿Qué aprendimos en el año 2018? Se quedaron pensando un momento antes de comenzar a hablar: “Aprendí a apreciar las cosas más sencillas”, en este caso fue poder comprar una mesa y una silla plástica para poner su computadora y equipo de trabajo.

Otro mencionó que en este año, se había dado cuenta de lo importante que es salirse de la zona de confort para avanzar en la vida. Dos de nuestros hijos que ya estaban establecidos en Nicaragua, tuvieron que salir del país a buscar oportunidades de trabajo en otro lado. “Aprendí a controlar la ansiedad, a pesar de lo difícil que fue el año 2018 por la situación de Nicaragua”.

Mi esposo manifestó que la reducción significativa de ingresos, lo había obligado a hacer una revisión profunda de los gastos del negocio y de la casa: “aprendimos a vivir con menos”. Uno de ellos recalcó que a pesar de las situaciones difíciles que habíamos pasado este año, en todo momento habíamos visto la mano de Dios en nuestras vidas.

El estar juntos esta Navidad y compartir en familia buenos momentos, fue el regalo más grande que recibimos este año; nuestro hijo menor no veía a sus hermanos desde diciembre del 2017.

Cuando les pregunté sobre sus resoluciones y metas para el próximo año, pude observar determinación, seguridad, madurez y claridad de sus planes: van a subir promedio en la universidad, a buscar trabajo para las vacaciones, a terminar un proyecto creativo de música, a organizar mejor su tiempo para poder estudiar más y avanzar en su trabajo; a ponerse las pilas estudiando música para mejorar su desempeño, entre otras cosas.

Mi esposo y yo tenemos otros proyectos alrededor de El Poder del Amor, la distribución de mi segundo libro, produccion de otros segmentos, unos podcasts y el lanzamiento de la página web.

Durante nuestro ejercicio de reflexión fue imposible no hablar de Nicaragua, y de los deseos que todos tenemos que las cosas cambien para bien. Pero como compartí en otra columna hace un tiempo, la responsabilidad del bienestar de una nación no es solamente del gobierno de turno, es de todos y comienza en el hogar.

El inicio de un nuevo año es una gran oportunidad para repasar comportamientos, y modificar nuestra conducta como personas, como esposos, como padres, como trabajadores y/o dueños de negocios. Estamos llamados a ser ejemplo en los lugares donde Dios nos ha plantado, llevando a la práctica los principios que nos enseña en su palabra.

No se trata de religión, se trata de relación, obediencia y propósito de Dios en nuestras vidas. Vienen tiempos buenos para Nicaragua. Como dice Isaías 43:18-19: “Olviden las cosas de antaño; ya no vivan en el pasado. ¡Voy a hacer algo nuevo! Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta? Estoy abriendo un camino en el desierto, y ríos en lugares desolados.”

El conductor del Uber que tomamos para ir al aeropuerto llevaba una biblia en el tablero; era cristiano. Durante el trayecto nos compartió su testimonio de cómo se entregó a Jesús, y nos dijo que desde ese día su vida no ha sido la misma; repitió varias veces: “No hay nada mejor que Jesús”. Comencemos este nuevo año haciendo lo que este hombre hizo: entregando nuestra vida a Jesús. Busquémoslo cada día y sentiremos su presencia en todo momento.

¡En el 2019, tenemos 365 páginas en blanco para escribir nuestra historia!