• Ene. 16, 2019, media noche

Este sábado que pasó fui a un desayuno de mujeres donde escuché una charla sobre identidad; específicamente, sobre cómo vernos por medio de los ojos de Dios. Al final pidieron que pasaran adelante las niñas y jovencitas que estaban presentes, y a las “mayorcitas” que nos quedamos sentadas, nos dijeron que si sentíamos darle alguna palabra a alguna de ellas que pasáramos adelante. Me quedé pensando un momento viendo las caritas de cada una, esperando que se me viniera a la mente una palabra para alguna, pero después de un momento sentí decirles a todas “valentía”. No pasé adelante porque eran varias, pero me quedé con eso en la cabeza y decidí escribir.

Las mujeres por naturaleza somos valientes. Creo firmemente que Dios nos equipó con características especiales y una de ellas, es la valentía. Piensen cómo hacemos las mujeres para cargar un hijo en nuestro vientre y dar a luz, a veces sin anestesia, o la manera en que enfrentamos las enfermedades, o cómo somos capaces de estar presentes cuando a un hijo le enderezan un brazo roto o le suturan una herida en la frente……Somos valientes.

Cuando veo para atrás, en mi niñez y adolescencia, a pesar de que siempre fui tímida y reservada, había algo adentro de mí que me permitía enfrentar situaciones difíciles. Me fui a los Estados Unidos cuando tenía catorce años a vivir con familiares, y después me tocó vivir sola. Cuando me bachilleré busqué trabajo en un banco para poder mantenerme y pagar mis estudios universitarios; me independicé económicamente desde los dieciocho años. Mientras viví en Estados Unidos muchas veces tuve miedo por distintas razones; cuando iba a entrevistas de trabajo y cuando iniciaba un trabajo nuevo; cuando me tocó compartir apartamento con desconocidas, cuando en el invierno tenía que caminar bajo nieve y hielo, para llegar a mi casa desde la estación de tren, o cuando me agarraba la noche en la universidad y caminaba solita varias cuadras para llegar a mi casa. Pero sacaba valor de donde fuera, no tenía otra opción. Las circunstancias de la vida nos forjan el carácter y nos vuelven valientes. 

Por todo lo anterior, siempre me consideré una mujer valiente; pero cuando fui diagnosticada con cáncer de seno vino la prueba de fuego. En el libro “El Poder del Amor, mi experiencia con el cáncer de seno”, relato como mi familia y yo enfrentamos esa batalla desde el primer día. Cuando salimos del consultorio médico, mi esposo me dijo “Todo es para bien a los que amamos al Señor”, y esa promesa que está en Romanos 8:28 fue mi fuente de valentía. Durante todo el proceso del cáncer tuve que ser valiente: comencé con dos cirugías, mastectomía doble y reconstrucción; luego recibí quimioterapia, ocho sesiones durante casi cinco meses y todo lo que conlleva un tratamiento como ese. Pero durante todo ese tiempo, me di cuenta que en la medida que me abandonaba en los brazos de Jesús, Él era la fuente de mi valentía. Fui a parar a la sala de emergencias del hospital tres veces; y déjenme decirles que una de ellas me sentí tan mal, que pensé que me iba a morir. Recuerdo que me puse a llorar desconsoladamente, hasta qu
e comencé a repetir versículos de algunos Salmos: “Bendeciré al Señor en todo tiempo, mis labios siempre lo alabarán” Salmo 34:1; “Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta” Salmo 23:4; “A las montañas levanto mis ojos, ¿de dónde ha de venir mi ayuda? Mi ayuda proviene del Señor, creador del cielo y de la tierra.” Salmo 121:1. Poco a poco me fui calmando y los médicos lograron estabilizarme.

Una de las cosas más importantes que experimenté durante esa prueba tan dura, fue la valentía que viene del cielo.