• 2019-01-23

Para ponerlos en contexto, antes de continuar tengo que hacer una confesión: yo no he sido abrazadora, pero me casé con un hombre que sí lo es, y poco a poco he venido aprendiendo…..después de 30 años juntos algo se te pega.

Tenemos tres hijos con diferentes temperamentos; de los tres, el menor, Sebastián es el más parecido a su papá en varios aspectos. Los dos mayores son menos expresivos; de hecho Andrés, cuando era niño y por muchos años, no le gustaba que lo abrazaran o que le dieran besos.

Muchas veces nos hizo pasar vergüenza porque se limpiaba los besos que le daban las abuelas, tías y amigas y arrugaba la cara mientras lo abrazaban.

Alejandro, el mayor, es cariñoso pero reservado. En cambio, Sebastián cuando estaba pequeño, llegaba a la cama de nosotros, me agarraba los brazos y me hacía abrazarlo.

Y yo, muerta de la claustrofobia. Menos mal que mi esposo suplió la cuota de abrazos de él y una parte de la mía mientras nuestros hijos estaban creciendo, porque hemos visto lo importante que es que los niños, adolescentes y jóvenes sean abrazados por sus padres.

De hecho, mi esposo abrazaba a todos los amigos de nuestros hijos; nuestra casa vivía llena de chavalos de todas las edades y desde que entraban, iban directo donde él a recibir su abrazo. Me conmueve hoy día ver a estos niños que ahora son adultos, abrazar cariñosamente a mi esposo cada vez que lo ven.

Hay poder en el abrazo del papá para un hijo y esto es menos común entre hombres; generalmente, el “departamento de abrazos” es de las mamás. Hay tanto machismo en nuestra sociedad que hay papás que sienten que no deben de abrazar a sus hijos varones, porque creen que eso es de niñas o de hombres débiles; lo mismo pasa con el llanto.

El ser cariñoso, abrazar, son cosas que se cultivan desde niños. En mi casa, mi mamá nunca fue muy expresiva, al menos mientras yo fui niña y adolescente; cuando llegaron los nietos se volvió más cariñosa. En cambio, mi papá sí era abrazador, incluso con mis hermanos varones. Mi esposo, a pesar de que perdió a su papá a los 9 años, mi suegra suplió afecto físico por ambos, y en general él y sus hermanos salvo un par de excepciones, son abrazadores.

Cuando tenía catorce años me fui a los Estados Unidos. Viví con parientes y luego sola. Un año me tocó estar en casa de unos tíos que eran inexpresivos; ni siquiera abrazaban a sus propios hijos, qué podía pedir yo, una sobrina. Recuerdo pasar momentos muy tristes donde me sentí sumamente sola. Durante mi estadía con ellos, la que me salvaba era mi Lita, la mamá de mi papá, que llegaba a pasar tiempo conmigo y de ella si recibía sobredosis de abrazos.

Cuando me convertí en mamá, poco a poco me fui dando cuenta de la importancia de los abrazos, y de tomarnos el tiempo para apapachar a nuestros hijos. Es la fecha y siendo ya adultos, 26, 24 y casi 21 años, buscan y disfrutan los abrazos de su papá, de su mamá y de sus hermanos. Es cierto que todos tenemos diferentes lenguajes de amor, pero vale la pena, a los que nos cuesta más, echarle ganas y aprender a abrazar.

El año pasado falleció mi papá. Lo internamos en el hospital y lo metieron en cuidados intensivos de donde nunca salió. El segundo día de hospitalización, como no podía verlo más que dos veces por día durante diez minutos, me fui a trabajar.

Recuerdo que entré a la oficina de una amiga y colega a preguntarle algo. Ella estaba sentada detrás de su escritorio y cuando me vio, me tomó del brazo y me abrazó. Inmediatamente se me salieron las lágrimas, no dije mucho ni ella tampoco, pero nunca voy a olvidar ese abrazo. Era exactamente lo que necesitaba en ese momento.

Qué importante es estar pendientes de las necesidades de los demás y cuántas veces un abrazo será la medicina para curar un corazón herido, triste, decepcionado o temeroso. Como dice 2da de Corintios 1:3-4: “Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren.”