• 2019-01-23

Estimado lector, al compartir con usted las lecciones sobre negociación de Madeleine Albright, le mencioné que, por separado, conversaríamos con más detalle de las experiencias del expresidente Clinton, como anfitrión y mediador, en las negociaciones de paz entre Yasser Arafat y Benjamín Netanyahu.

Antes de compartir esta valiosa experiencia, deseo recordar con usted algunos de los requisitos y errores más comunes que normalmente exigimos o cometemos en relación al tema de la mediación; y que por ser elementales, con frecuencia los olvidamos.

Primero, el mediador o facilitador, aunque sus funciones específicas puedan variar un poco, tienen como objetivo fundamental el favorecer y facilitar el acuerdo.

Segundo, el mediador debe ser totalmente imparcial y así debe ser percibido por todas las partes involucradas en la negociación.

Tercero, el mediador debe dominar las técnicas de negociación y el tema sobre el cual pretende mediar.

Cuarto, el mediador no debe reforzar las posiciones originales de las partes, sino más bien forzar a cada parte a ponerse en los zapatos de la contraparte y facilitar el acuerdo.

Quinto, el aceptar al mediador es una responsabilidad indelegable de cada una de las partes y en algunos casos, cada parte podría proponer un mediador, pero tratando, para que la negociación sea exitosa, que los mismos no se vuelvan “partes” negociadoras y en estos casos, lo recomendable es que, si realmente se desea impulsar el proceso de negociación, cada parte no debería “vetar” al mediador escogido por la contraparte. Esta situación no es la deseable, pero a veces es necesaria.

Sexto, las partes para aceptar a un mediador no pueden exigir como condición que, de previo, haya externado opiniones a favor de sus posiciones o haya condenado la posición de la contraparte. Por el contrario, alguien que ya ha externado opiniones en relación al tema a ser negociado y principalmente, si ya ha externado opiniones a favor de la posición de una de las partes, ya no está calificado para ser mediador.

Séptimo, cuando el mediador, debido a sus principios y valores se sienta identificado con la posición de una de las partes, aunque las partes no estén informadas de ello, no debe aceptar esta responsabilidad, pudiéndose ofrecer como asesor a una de las partes.

Y octavo, el mediador debe tener un incentivo legítimo en que la negociación sea exitosa, por lo que si la misma fracasa, debe perder algo, aunque sea su prestigio como tal. Por eso el buen mediador, antes de asumir esa responsabilidad debe hacer su propio análisis para determinar si las partes tienen los intereses y los recursos necesarios para llegar a acuerdos, ya que, un mediador con experiencia nunca explicará el fracaso de una negociación, “porque una de las partes no tenía voluntad para negociar”.

Y ahora, veamos rápidamente algunas de las lecciones que sobre este particular nos brinda el presidente Clinton, en su libro “My life”, y para ello compartiremos algunas de sus más valiosas reflexiones.

Primera: “Yo estaba convencido que Netanyahu quería avanzar más en el proceso de paz, y temía que si no lo hacía, para Arafat sería más difícil seguir controlando la violencia. Además, aunque Israel había venido obteniendo nuestro apoyo a nivel internacional, lo que ponía en duda que pudiésemos ser unos mediadores honestos, yo le hice ver a Arafat mi compromiso personal con el proceso de paz y que como Israel solo confiaba en nosotros para garantizar su seguridad, solo nosotros podríamos ayudar en este proceso”.

Segunda: “Me reuní con Netanyahu en la Casa Blanca y me comunicó que deseaba avanzar en el proceso, mientras tuviera paz y seguridad, pero que su gobierno enfrentaba serios problemas políticos internos, pero que si no actuaba, sus problemas serían mayores. Al día siguiente me visitó Arafat y le informé de las intenciones positivas de Netanyahu y mi compromiso de persuadirlo a cumplir con los acuerdos de paz, pero le hice ver la difícil situación del primer ministro israelí y le dije que él –Arafat- tenía que seguir combatiendo el terrorismo, si deseaba que Israel avanzara en el proceso de paz”.

Tercera: “En estas reuniones previas, además de entender mejor las posiciones de Netanyahu y Arafat, las cuales lógicamente eran diferentes, desarrollé una buena relación personal con ambos líderes, quienes me manifestaron que debido a las duras decisiones que tendrían que tomar, deseaban que nosotros los apoyáramos en el proceso. La cumbre, previamente anunciada, se realizó en el “Wye River Conference Center” en Maryland, un lugar de retiro cómodo y con la privacidad e informalidad adecuadas para la ocasión y en mi primera cena le pedí a Arafat y a Netanyahu que pensaran cómo cada uno podría ayudar al otro a enfrentar a sus oponentes locales”.

Cuarta: “Al inicio acordamos las reglas normales: Ninguna de las partes quedaba comprometida por acuerdos parciales interinos sobre temas específicos, hasta que un acuerdo total fuera alcanzado y los Estados Unidos redactarían el acuerdo final”.

Quinta: “Durante mis reuniones, incluso con Ariel Sharon, que representaba la línea más dura por parte del equipo israelita, yo me dedicaba principalmente a hacer preguntas y a escuchar. Nunca supe si Netanyahu incorporó a Sharon para vender los acuerdos más fácilmente a los grupos más conservadores de Israel o para protegerse en caso de un fracaso”.

Y sexta: “En estos casos toda ayuda es bienvenida, como fue el caso de mi interprete, en quien Arafat tenía confianza, y que además conocía muy bien la situación del Medio Oriente; pero especialmente en el caso de la visita del rey Hussein, quien ya muy debilitado por su cáncer y por la quimioterapia, le habló con visión histórica y gran sentido común a ambas partes, contribuyendo a disminuir la pequeñez, la arrogancia y la bravuconería que son muy normales en este tipo de negociaciones”.

Estimado lector, creo que estas reflexiones del presidente Clinton no requieren mayor explicación y, si algún día usted tiene que participar en una negociación o servir de mediador, creo que le pueden ser de gran utilidad.

nramirezs50@hotmail.com