• 2019-01-30

Hace cuatro años, este próximo 7 de Marzo, me realizaron varias cirugías por un diagnóstico de cáncer de seno: doble mastectomía y reconstrucción. Aunque el médico me explicó las opciones que tenía, opté por la más radical porque las probabilidades de que el cáncer regresara eran muy altas.

La doctora que me reconstruyó también me dio opciones, pero preferí que hiciera todo el mismo día, porque no quería entrar y salir de hospitales por un período de tiempo. Recuerdo que en una reunión con el oncólogo y la cirujana plástica les dije: “Quítenme todo lo que me van a quitar y pónganme todo lo que me van a poner de una vez”.

Fue una cirugía que duró 8 horas, en vez de las cinco que habían originalmente indicado. Dios estuvo conmigo desde un inicio y todo fue saliendo bien.

Estuve dos días en el hospital en recuperación. Salí para mi casa cubierta con unos vendajes y un sostén especial, que no me quitaron hasta un par de días, después que fui al consultorio de la doctora para que me curaran. Me acompañó mi hermana, que no necesariamente es la persona más valiente del planeta cuando se trata de ver sangre, pero insistió.

Cuando la doctora me quitó todo y comenzó a curarme no quise ver cómo estaba. Sí sabía que en el seno donde no tenía el tumor, la herida era pequeña, pero en el otro ni me imaginaba cómo había quedado.

En la mastectomía del seno enfermo, además del tejido mamario, eliminan un pedazo importante de piel y músculo del área donde se localiza el tumor; en mi caso, tomaron un pedazo de piel y músculo de mi espalda para reemplazar lo que quitaron. Disculpen que sea tan gráfica con este relato, pero es importante que se imaginen las cicatrices que quedaron después.

No sé cuántos días pasaron hasta que agarré el coraje para verme; ahí entendí como a veces las personas no queremos enfrentar las situaciones difíciles y dejamos que pase el tiempo, ignorando las cosas hasta que ya no se puede más. En aquel momento no le di importancia a la parte física de cómo quedaría, una vez que se sanaran las heridas; solo deseaba que no tuviera las complicaciones de las que los médicos me habían alertado.

Mes y medio después de la cirugía me fui a los Estados Unidos, donde me hicieron el tratamiento de quimioterapia. Una semana antes de comenzar, viajé a Boston para la graduación de nuestro hijo mayor. Unos días antes del viaje, me sometí a otra cirugía para que me pusieran el puerto por donde me pondrían la quimioterapia. Era una herida pequeña, pero sería la cuarta cicatriz en mi cuerpo. Un día, después de bañarme, me vi al espejo y creo que hasta en ese momento todas las cicatrices se volvieron una realidad. Recuerdo que lloré amargamente, agobiada, viendo un cuerpo lleno de heridas; fue bueno desahogarme porque después de eso, nunca más las volví a ver con amargura.

Un año después de toda la experiencia, hice un comentario sobre mis cicatrices; en esa oportunidad ya tenía dos más por el resto del proceso reconstructivo. No recuerdo exactamente lo que mencioné, pero nuestro hijo Andrés me dijo: “esas cicatrices son heridas de guerra,” como diciendo, deberías estar orgullosa de ellas. Tenía razón.

En la vida enfrentaremos situaciones difíciles que dejarán cicatrices, ya sea físicas o emocionales. Cicatrices por motivos de enfermedad o accidentes; un dolor inmenso por la pérdida de alguien muy querido; frustración y culpa por un fracaso matrimonial o financiero. Pero la manera en que veamos nuestras cicatrices hará la diferencia entre un corazón fortalecido y un corazón amargado. Como dice I de Pedro 5:10, “Y después de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables.”

El poder de las cicatrices para dar testimonio a otros de lo que Dios es capaz de hacer en nuestras vidas, va más allá del dolor que puedan recordarnos.