• Feb. 6, 2019, media noche

Una vez leí que aprender a actuar conforme lo que dice la palabra de Dios, es mejor que reaccionar emocionalmente a las circunstancias. No siempre es tan fácil como parece.

Las emociones negativas más dañinas son el temor, la ira y la culpa. En mi caso, el temor y la ira son emociones con las que he batallado siempre. Si bien, considero que soy una persona tranquila que logra generalmente mantener las emociones controladas, a veces se me disparan.

He venido aprendiendo que en la medida que me mantengo conectada a “la base” (Jesús), por medio de la oración, la lectura de la Biblia y la adoración, en esa medida logro mantener la calma, a pesar de las situaciones que se estén dando a mi alrededor. 

Está demás decir lo difícil que fue el año 2018 para los que vivimos en Nicaragua. Desde abril, los acontecimientos nos montaron en una montaña rusa de emociones, que han fluctuado entre la ira, el dolor, la frustración, la tristeza, el temor, la desesperanza, etc., aunque he tratado de conectarme más a “la base”, a veces no he logrado controlarlas. Adicional a lo anterior, en el 2018 mi trabajo estuvo intenso, muchas horas y muchos viajes; dos de nuestros hijos que habían regresado a Nicaragua después de la universidad, se tuvieron que ir a buscar futuro en otros países. Supongo que todo lo anterior se fue acumulando hasta que un día de tantos, exploté. Vale aclarar que con todo esto que digo, no estoy justificando mi comportamiento. 

Aunque me da mucha pena, les voy a compartir algo que me pasó el año pasado, justo unos días antes de Navidad. Como es común en el mundo laboral, antes de finalizar diciembre, la gente trata de hacer todo lo necesario para cerrar el año con tareas cumplidas; por lo tanto, la tendencia es estresarnos buscando como concluir. Resulta que un día de tantos, la semana antes de Navidad, me tocó estar en medio de dos personas con opiniones contrarias sobre un asunto que debíamos resolver antes del cierre. Teníamos como cuatro días dándole vuelta al tema sin llegar a conclusiones. Yo estaba desesperada y con la paciencia rebalsada, entonces al ver que no se ponían de acuerdo y además me estaban reclamando para no dar su brazo a torcer, me puse furiosa, a tal punto que les dije “cuatro”, se me salieron unas palabrotas; agarré el documento sobre el cual no se ponían de acuerdo, lo rompí, lo tiré a la basura y luego salí de mi oficina, halando la puerta lo más fuerte que pude. Bajé las escaleras hasta el primer piso dond

e di tres vueltas antes de volver a subir. Los dejé hablando solos. Uno de ellos, mientras yo hacía mi desplante, solo me quedaba viendo asustado. Creo que nunca me habían visto perder el control de esa manera. Vieran lo mal que me sentí después.

Quería llorar de la furia, pero no iba a permitir que me vieran llorar, eso sería mandar mensajes de debilidad. Unas horas después, alguien que se dio cuenta de lo que pasó, me llamó y me felicitó por haberles dicho sus cuatro cosas a esos dos personajes, que ya hacía rato me andaban quitando la paz. Hasta me dijo que era bueno que de vez en cuando me desahogara de esa forma. Claro que no…no hay justificación para haber actuado así. 

Proverbios 29:11 dice: “El necio da rienda suelta a su ira, pero el sabio sabe dominarla.” Unas horas más tarde, hablé con cada uno para pedirles perdón por mi comportamiento. No me fue fácil hacerlo, porque yo sentía que tenía razón de haber reaccionado así.

¿Cuántas veces nos ha pasado que actuamos de cierta forma y rapidito encontramos todas las justificaciones para no admitir nuestro error y pedir perdón? Esta es la forma fácil de vivir la vida…justificando nuestras acciones sin reconocer errores.