• Feb. 13, 2019, media noche

En diferentes momentos me he sentido que no “doy la talla” en algún aspecto de mi vida: como madre, como esposa o como profesional. A veces nos suceden cosas que nos hacen dudar de nuestra capacidad. Cuando nuestro hijo menor estaba en kinder, un día le pedí cita a las dueñas del preescolar donde habían estado nuestros hijos, tres profesionales de la educación y a la vez madres, porque ya no hallaba qué hacer con nuestro hijo. Ahora nos reímos de sus historias, pero a los 4 años era incontrolable. Recuerdo que llegué y lo primero que les dije fue: ¡Me declaro incompetente como madre! 

Como  siempre he trabajado fuera de casa, cuando nuestros hijos estaban pequeños, tuve mucha culpabilidad por no tener el tiempo necesario para ellos; y en aquel momento me preguntaba una y otra vez si la causa del mal comportamiento de mi hijo se debía a mi ausencia. Para colmo, una amiga que se dedicó a su hogar a tiempo completo, criticaba a las mujeres que habíamos escogido tener una carrera y desarrollarnos en el mundo laboral. Volviendo a la cita, después de reírse por lo que les había dicho, me aconsejaron con mucha sabiduría e hicimos lo que nos recomendaron. Todo se solucionó favorablemente, al menos por un tiempo…es que ese chavalito sí nos sacó las canas.

Una vez que cambié de trabajo, me prometieron una posición que al final no me dieron y nunca me dijeron por qué. Mi autoestima se desplomó. No sabía en qué había fallado. Me preguntaba: será que no soy inteligente, será que mi experiencia no es suficiente o que no tengo la personalidad para ser líder; o tal vez se arrepintieron de contratar a una mujer, en fin, por varios meses estos pensamientos me atormentaron y por supuesto que mi ánimo se derrumbó. En el camino me di cuenta que fue plan de Dios para mi vida, porque Él me tenía preparado algo mejor.

La situación en nuestro país se ha puesto más difícil; hay muchas personas perdiendo su trabajo, negocios cerrando, otros han tenido que salir a buscar rumbo en otros países. Ser extranjero no es fácil, sobre todo por los temas migratorios; ya pasé por eso. El otro día platicaba con una persona que se tuvo que ir y ha andado buscándose la vida; le ha costado encontrar trabajo fijo. Me decía que estaba pensando en regresarse porque estaba cansada de la inestabilidad. Es joven, me dolió verla tan negativa y desanimada. La dejé desahogarse, escuchándola con paciencia. Todo lo veía negro, a tal punto que estaba dudando de su capacidad, de su inteligencia y de su fortaleza de carácter. Estaba hasta arrepentida de la carrera que había estudiado, pensando que eso la estaba limitando. Después de un rato de estar conversando, tratando de animarla, al ver que no estaba llegando a ningún lado se me ocurrió hacer una analogía y le dije: debes hacer un inventario de lo que tenés en tu canasta. Y le puse como ejemplo las canastas navideñas. Le comencé a decir todo lo bueno que tenía en sus manos; me concentré en sus fortalezas y le dije; sos brillante, disciplinada, honesta, tenés un gran corazón, un espíritu de servicio como pocos, sos trabajadora, talentosa y te graduaste Cum Laude de una de las mejores universidades. Después de escuchar todo lo que le dije, se le iluminó la cara. Terminamos riéndonos y hablando de los siguientes pasos.

En esta vida vamos a enfrentar situaciones que nos harán dudar de nosotros mismos. Tenemos dos opciones: nos hundimos en el hoyo y perdemos tiempo patinando ahí o hacemos el inventario de lo que tenemos en nuestra canasta para salir adelante.

Hay un versículo muy poderoso que me ha ayudado cuando me he sentido “ponchada”: “pero los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas; volarán como las águilas: correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán.”  Isaías 40:31