• 2019-02-20

El 21 de marzo próximo mi esposo y yo cumpliremos 28 años de matrimonio y tenemos treinta juntos. Como nos dijo alguien una vez: ustedes son como la sal y la pimienta... nos quedamos viendo asombrados porque esta persona no nos conocía; mi esposo rápidamente dijo que la “pimienta” era yo... ja ja ja, bueno, puede ser que tenga razón.

Nadie nos dijo que esto del matrimonio era tan difícil. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 13 años, y me prometí que cuando yo me casara sería para toda la vida. Es más fácil decirlo que llevarlo a cabo. En nuestro caso, a los cuatro años y medio de casados, ya con dos hijos nacidos, casi nos divorciamos.

No tiene caso entrar en los motivos por los cuales casi “nos bajamos del barco”; el punto es que aquí seguimos amando y perseverando, a pesar de las mil y un tormentas que hemos pasado.

Un amigo de mi esposo una vez le dijo, no es lo mismo un cáncer con Dios, que un cáncer sin Dios; de esto nosotros somos testigos, justamente hace 4 años cuando me diagnosticaron cáncer de seno.

Pues, ahora yo les digo, no es lo mismo un matrimonio con Dios, que uno sin Dios. Él salvó el nuestro, porque por mucho que yo me haya jurado que cuando me casara sería para toda la vida, las dificultades definitivamente lo pueden llevar a uno a romper esa promesa.

Este fin de semana visitamos a unos amigos que teníamos tiempo de no ver, hablamos de muchas cosas y les conté que una vez, hace tal vez unos 14 años, le dije a mi esposo que iba a llamar a mi hermano Carlos, para que me mandara el boleto para irme donde él; huyendo de los mil y un clavos que teníamos en aquel momento y que estaban nuevamente destruyendo nuestro matrimonio.

Pero ese deseo que me hubiera llevado incluso a abandonar a mis hijos, quedó totalmente neutralizado, porque Dios estaba con nosotros; Él intervino amorosamente y neutralizó todo impulso que por desesperación hubiera tenido. Estamos lejos de tener “el matrimonio perfecto”, pero desde que los dos abrazamos a Jesús y lo hicimos parte de nuestras vidas, enfrentamos los conflictos de una mejor manera.

Yo la “pimienta”, seguro que sí. En nuestra relación yo puedo ser la más difícil. A pesar de que tenemos una excelente comunicación —esto ha sido clave para tener una relación sana— a veces me es difícil tocar ciertos temas con mi esposo, pero me conoce demasiado bien.

Hace unos días, me dijo: ¿querés decirme algo? Solo lo quedé viendo, sentía algo trabado en mi garganta; el insistió hasta que ya no pude más y comencé a hablar.

Cuando terminé de decirle lo que quería, me sentí liberada de una carga bien pesada; que conste, que había hecho varios intentos días antes, pero tal vez no había podido decirlo con claridad y el mensaje no estaba llegando. No es la primera vez que me sucede, en todo matrimonio hay temas más difíciles de abordar que otros, pero siempre podemos hacer un esfuerzo para aprender cómo hacerlo de la mejor manera.

El otro día escuché una canción de Marcos Vidal que se llama “Uña y carne” y en una de sus estrofas dice:

“Si otros son regalos, tú eres el tesoro que yo siempre había deseado;

y aunque en estos tiempos, lo del matrimonio suena viejo y anticuado, me ilusiona ser una pieza de museo y poder sentir cada día en mi dedo el anillo que me une a ti”.

A nosotros también nos ilusiona ser una pieza de museo y seguir juntos, a pesar de lo que pase, hasta que a uno de los dos le toque partir a los brazos del Padre. Deseamos que nuestros tres hijos valoren el matrimonio, para que ellos también se conviertan en “piezas de museo” junto a las esposas que Dios tiene preparadas para ellos.

El amor es una decisión y la decisión de perseverar es nuestra. “El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el Señor.” Proverbios 16:9.

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